domingo, 9 de octubre de 2016

Más de dos años ¿y contando?

Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Gracias a los recordatorios de Facebook me reencontré con un artículo publicado hace justo dos años. Se tituló “Microsismos” y se refería a una lista de hechos criminales y dolorosos en nuestro país.  Me impactó constatar que prácticamente nada está resuelto; lejos, muy lejos de eso, la situación empeora.
Hace poco más de una semana desaparecieron cuatro estudiantes en Veracruz, tres en una parte de la ciudad y otro en otro lado sin que hasta el momento se sepa si hay relación entre ambos sucesos; independientemente de eso se trata de cuatro jóvenes de los que se desconoce su paradero. En julio, desaparecieron y fueron encontrados muertos más tarde, un muchacho y una muchacha que eran novios. Son 27 mil mexicanos desaparecidos desde 2007 a la fecha, es decir, entre las administraciones de Calderón y Peña, sin embargo, cabe decir que según la investigación de Homero Campa, con base en datos oficiales, en la presente administración federal desaparece un mexicano cada dos horas (ver: "El país de los desaparecidos").
En el periódico El País definen a Veracruz como “agujero negro” por la gran cantidad de desapariciones forzadas que acumula y no es posible olvidar que es el Estado en donde más han asesinado periodistas en los últimos años, sí, bajo la administración de Javier Duarte de Ochoa.
El 4 de octubre de 2014 acababa de suceder la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa y hacía apenas unas semanas de los hechos de Tlatlaya. ¿Se acuerdan? Luego sucede que es tal la vertiginosidad de los diferentes e intensos hechos en México que pronto perdemos la noción y pensamos que las cosas pasaron hace menos o hace más tiempo; y que medió entre un hecho y otro un lapso interminable. Sí me sorprendió recordar que fue Tlatlaya, luego Ayotzinapa y después un conflicto con el Politécnico. Todo en un lapso de semanas entre agosto y octubre de hace dos años.
Esta puede ser una razón, pero otra y muy clara, es que estos conflictos permanecen: Ayotzinapa sigue siendo un pendiente lacerante, a la fecha se desconoce el paradero de los muchachos.
Sobre Tlatlaya, a dos años de entonces se supo que se manipuló la escena de la matanza para eliminar las acusaciones contra los elementos del Ejército involucrados; se encontraron contradicciones en las declaraciones de una testigo y se reitera que persiste la impunidad, como en el caso de Ayotzinapa.
En cuanto al Politécnico, si hace dos años los estudiantes pedían la renuncia de la directora Yoloxóchitl Bustamante y lo lograron gracias a la inusitada eficiencia de la Secretaría de Gobernación, este año nuevamente hubo manifestaciones y paros por las reformas que adhieren al IPN a la oficina del titular de la Secretaría de Educación. Aunque han pasado algunos meses desde el paro, no se puede decir que esta situación esté resuelta dados los antecedentes del Politécnico y sus, reitero, aguerridos, politizados y muy activos estudiantes.
Y qué decir de la reforma educativa y el conflicto magisterial. Hace dos años, el 3 de octubre, maestros de la sección 22 en Oaxaca bloquearon centros comerciales de la capital para exigir que se atendieran sus propuestas para la reforma educativa. ¿Cuál es el panorama ahora? Las manifestaciones no han cesado y, una vez más, estamos ante un problema no resuelto, si acaso, en suspenso con la expectativa, temor o amenaza de que se resurja y con mayor fuerza.
En aquella columna comenté también la demanda de agua potable del pueblo yaqui en Sonora; un conflicto cíclico.
Todo es así en nuestro país y no me refiero a la población en general sino a quienes están en posiciones de gobierno. Mientras pasan los tres, cuatro o seis años de las diversas administraciones, los gobernantes nadan de muertito, ofrecen paliativos, soluciones cosméticas, placebos; pronuncian discursos rimbombantes que hasta parece que se les va la vida en prometer, en los compromisos que firman, pero a la hora de la hora, todo se reduce a acciones o medidas temporales. Se van los años de las administraciones en mesas dizque de diálogo y en realidad es como si estuviéramos todos los mexicanos luchando por salir de un pantano de arenas movedizas.

No se avizora salida posible, la desesperación y la impotencia son mayúsculas; la impunidad aumenta de manera exponencial en la misma proporción que el cinismo y el desdén por los clamores y las necesidades ciudadanas. No sé hasta cuándo ni veo cómo. Y así como ahora han pasado dos años y ya entonces habían transcurrido varios lustros sin soluciones, no sé cuántos más faltan para tocar fondo y entonces sí empezar a subir, no sé.

Columna publicada en El Informador el sábado 8 de octubre de 2016.

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