Continuum
Laura Castro Golarte
Históricamente, las relaciones entre
México y Estados Unidos han sido muy complejas, difíciles, ríspidas y de
intromisión de allá para acá, más que armónicas y productivas para ambas
naciones. La invasión y el despojo de 1847-1848 fueron cuestionados por los
mismos estadounidenses, empezando por Abraham Lincoln, en ese entonces
legislador. Poco se sabe, pero a partir de esa invasión “injusta” como la
calificó, años después, Ulysses S. Grant en sus Memorias, surgió la
primera expresión de lo que conocemos como “desobediencia civil”, un concepto
que muchos años más tarde inspiró a Gandhi: el escritor Henry David Thoreau
manifestó su oposición a la intervención bélica en México dejando de pagar
impuestos.
Otro
ejemplo, sólo por mencionar dos de decenas, es la activa y efectiva intervención
del embajador Henry Lane Wilson en la Revolución mexicana; prácticamente el
autor intelectual de la Decena trágica, el principal soporte de Victoriano
Huerta. Wilson exigió a Francisco I. Madero privilegios para hacer negocios y
como el Presidente de México se negó, la respuesta del diplomático fue
criminal, literal.
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Reunión entre Andrés Manuel López Obrador y Joe Biden el 12 de julio de 2022 en Washington, D.C. Fotografía tomada de Expansión Política. |
Estos
episodios y otros, la historia en su conjunto, mucho más desventajosa para
nuestro país, está y estará en el telón de fondo del escenario bilateral
México-Estados Unidos, independientemente de quiénes sean los gobernantes en
turno.
En
este orden de ideas, en lugar de calificar la reunión del 12 de julio (falta
que los acuerdos se implementen y las promesas se cumplan), me parece fundamental
que se remarque e insista, como se hizo, que la relación debe ser de integración
y no de sometimiento; la historia cuenta. Es conveniente para ambos países
apostar por la cooperación, sin abusos, diseñar y emprender acciones concretas
y congruentes con una realidad complicada y dolorosa marcada por la violencia,
el tráfico de armas, el tráfico y consumo de drogas, la migración ilegal y la
corrupción asociada que ha costado tantas vidas.
Los
cinco puntos planteados por México tienen que ver con esto. Son una combinación
de cooperación, de relación armónica por el bien de ambas naciones: la gasolina
en la frontera para beneficio de consumidores estadounidenses; disponibilidad
de gasoductos mexicanos en previsión del próximo invierno para evitar una
eventual crisis energética como la que sufrió Texas el año pasado; suspensión
de aranceles que permita bajar precios, particularmente de alimentos; impulso a
las inversiones en ambos lados de la frontera para fortalecer la producción y
consumo en los dos mercados internos así como ordenar el flujo migratorio.
El
acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos está pendiente desde hace casi
30 años, lo que se ha hecho hasta ahora ha sido paliativo, cosmético,
mediático, electorero, efímero, insuficiente. Urge sentar bases que trasciendan
los periodos de gobierno. El planteamiento del Presidente de México de
regularizar a los que ya trabajan allá no es descabellado; ni la promesa del
Presidente de Estados Unidos, exagerada (600 mil visas para empleo temporal): hay
11.5 millones de empleos vacantes del otro lado del Río Bravo que seguramente
se incrementarán con el programa de infraestructura que propone la
administración estadounidense. Con voluntad, hay manera.
Periodista, doctora en Historia, docente en ITESO.
Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com
Columna publicada en el Semanario de la Arquidiócesis de Guadalajara el domingo 24 de julio de 2022.