domingo, 4 de junio de 2017

Nos han enseñado mal la historia IV

Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Hoy presento la penúltima entrega del texto que da título a la columna. La afirmación no es de forma, sino de fondo; y realmente la forma no es la ideal, pero ese es otro tema. Esta idea de que nos han enseñado mal la historia surgió a raíz de la lectura y análisis de muchos libros y artículos, de fuentes primarias y descubrimientos que me han llevado a comprender cuestiones que nunca había entendido, que antes no había considerado; que desconocía; o las daba por buenas o de plano, no las advertí. Esta certeza me ha llevado a querer conocer más, a profundizar; ojalá, a partir de este texto, el lector sienta lo mismo, vale la pena.
Antes de dar pie a la cuarta parte del texto (creí que con cuatro bastaría pero no, habrá una quinta), simplemente quiero decir, y es un deseo, que ojalá los electores en el Estado de México sobre todo, pero también los de los demás estados en donde habrá elecciones, no voten con miedo, el miedo es la principal herramienta, la principal arma de las clases en el poder para someter a la población. Cuidado con eso.
Va la cuarta parte:
Todos los intentos fueron vanos e infructuosos (me refiero a los intentos de reconquista de Fernando VII), desgastantes, pero sirvieron para que en México surgiera, mucho antes de la amenaza e invasión estadounidense, una conciencia de nación sólida y convencida; lo que en la época se conocía como espíritu público, por el orgullo de ser mexicanos.
Después de consultar los periódicos y las hojas sueltas de la época, confirmo que los intentos de reconquista lograron la unidad nacional de los mexicanos por México, un efecto francamente perverso para Fernando VII. Y existía esa conciencia. Me referí al principio a un texto de Vicente Guerrero, cabe aquí incluir esos párrafos que me maravillaron (respeté la escritura de la época):
¡Mejicanos! debo deciros que el solo evento que nos faltaba para solidar nuestra independencia y dar estabilidad á las instituciones republicanas, era precisamente la irrupción de esos bandidos. Su ruina hará para siempre indestructible la libertad mejicana y el influjo incontrastable de esta deidad de los hombres, seguirá los restos fugitivos de los malvados hasta Cuba y Puertorico, cuyos naturales abatidos tendrán la oportunidad de levantar un brazo vengador contra sus implacables opresores.
Por lo que toca á nuestro país, primero se verá inundado en la heroica sangre de sus hijos que sujeto á la arbitrariedad de tan odiosos extranjeros. Los mejicanos estamos profundamente afectados por el oprobio de la esclavitud, para resignarnos á arrastrar sus detestables cadenas.
Nos han enseñado mal la historia. Mal, para que no tengamos conciencia de nuestra grandeza, de nuestra valentía, de nuestro valor.
Nos dicen flojos, transas y corruptos, ignorantes y acomplejados, que siempre estamos deseando ser como otros, tener una nacionalidad distinta, pertenecer a otro país. Nos han dicho que nuestra historia está plagada de traiciones y que las élites en el poder a lo largo de la historia sólo han querido eso: poder y dinero. Es tentador y hoy es cierto, pero no siempre ha sido así.
Nos han enseñado mal la historia.
Con vara en mano nos han inculcado el odio contra nosotros y contra los otros. Hemos aprendido a odiar. Y cuando estas ideas ficticias estaban ya bien arraigadas en la sique, vinieron los intelectuales y hasta uno que ganó después el Premio Nobel para decirnos que somos lo peor… Y lo hemos creído. De pronto nos atacan los sentimientos de culpa y hemos ido por la vida y por los siglos cargando remordimientos. Criticándonos y cuestionándonos como pueblo, como sociedad.
Deliberadamente nos han ocultado nuestra grandeza, nuestra fuerza, nuestro poder como pueblo creativo y trabajador, noble y alegre. Nos han dicho que tenemos el gobierno que merecemos y no es así; ni los gobernantes son reflejo de la sociedad.
Y nos han dividido. Entre indígenas y españoles, la gran masa de mestizos que somos no se reconcilia con las raíces, con las ramas primeras del gran árbol de la vida bajo cuya sombra somos, crecemos y pertenecemos; ni con los que agregaron genes, apellidos, costumbres, idiosincrasia y lengua.
Nos han enseñado mal la historia.
El sentimiento nacionalista, el espíritu público que nació con fuerza y dio vida a México, fue aplacado pronto, aplastado y desconocido; aunque no en el primer intento. Es tan fuerte que todavía resurge y atemoriza.
Nos han enseñado mal la historia.

Columna publicada en El Informador el sábado 3 de junio de 2017.

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