domingo, 27 de mayo de 2018

Guerra sucia, debates y encuestas


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

La democracia en México es una de las más precarias del mundo. Ya lo he dicho antes: vivimos en una democracia disfrazada de autoritarismo, sin embargo, persisten los mecanismos propios de un sistema democrático para la renovación de los gobernantes y, como todo, no son perfectos, además de que constantemente se pretenden alterar, obviar, violar, desdeñar y así.
Uno de los grandes logros sociales luego de la “caída del  sistema” en 1988 fue la constitución de un órgano electoral autónomo y ciudadano. El alumbramiento del Instituto Federal Electoral ciudadanizado fue lento y complicado, pero llegamos a tener una de las entidades más sólidas y confiables en la historia de México. Me refiero, claro, al IFE de José Woldenberg.
Junto con el IFE, la ingeniería electoral en México se fue modernizando y se empezaron a dejar atrás las formas del fraude que el PRI construyó a lo largo de décadas pero además se introdujeron estilos de hacer campaña totalmente ajenos a la historia política mexicana, de manera que la combinación del ejemplo estadunidense con nuestra idiosincrasia y el sistema político nacional han dado como resultado los engendros que tenemos en materia de mercadotecnia electoral por un lado y, por el otro, en el asunto de las encuestas.
La novedad nos atrajo y nos atrapó como araña o como sirena; y caímos. El primer debate presidencial en un sistema en donde todo era políticamente correcto y simulado, sorprendió, emocionó y llevó a acariciar la esperanza (otra vez después de 1988) de que una realidad sin el PRI era posible: 1994. No nos equivocamos, era posible, tanto, que el PRI operó con todo para evitarlo. Aquel año se llegó a creer que el mejor en el debate sería el ganador de las elecciones, pero después del 12 de mayo Fernández de Cevallos (PAN) desapareció de la escena, y no por un cerco mediático (que claro que había) sino porque el mismo candidato hizo mutis, en una decisión cuestionada aún ahora.
Después de ese debate, los siguientes (en torno a los cuales, por cierto, cada vez hay menos expectativas de usarlos como herramienta de apoyo para saber por quién votar) han sido espectáculos unas veces tipo comedia barata y otras, ejemplo de guerra sucia y violencia electoral, estilos muy convenientes para las televisoras que van en busca de rating por morbo. Ya vimos cómo algunos candidatos son capaces de mentir y tergiversar con tal de ganar, con la mayor desfachatez y cinismo. Quedan en evidencia bajezas y falta de escrúpulos; a ver qué tienen preparado para mañana.
La historia de los debates políticos en México no llega a 25 años y la verdad es que tienen fallas de origen: Zedillo, quien ganó las elecciones, fue el gran perdedor en el debate; Fernández de Cevallos, el gran agresor y ganador del debate ¿para qué? y Cuauhtémoc Cárdenas, el demócrata que prefirió hacer propuestas en lugar de contestar agresiones y terminó arrepentido 20 años después.
Las encuestas electorales son de un sexenio anterior, justo cuando ganó Cárdenas: 1988. No estaban profesionalizadas ni eran fiscalizadas y/o vigiladas por la autoridad electoral, pero los resultados de entonces fueron más acertados que los más recientes, específicamente del año 2000 a la fecha. Recomiendo un artículo de Letras Libres con una breve historia de las encuestas en México (aquí la liga: Breve historia de las encuestas) de Yamil Nares, en donde queda clara la evolución que han registrado, con altibajos marcados por la desconfianza. Sus desatinos han llevado a las casas encuestadoras a reinventarse y lo que funciona ahora, más o menos, son las que se dedican a “agregar” encuestas y emitir promedios y probabilidades, no obstante, tampoco son, no deben ser, una herramienta para tomar decisiones electorales. Puede ser cómodo para gente que no dispone de información suficiente, que no se interesa por la política, que hace las cosas al aventón, pero no es positivo, ni recomendable, ni responsable, porque con frecuencia se manipulan resultados para orientar a los votantes o cómo se explica que en una encuesta, entre el primero y el segundo lugar (y me refiero a la elección presidencial) haya cinco puntos de diferencia y en otra, 20. Entonces, aguas con las encuestas.
Estos mecanismos que podrían ser útiles para un electorado harto, desinformado y confundido, no están funcionando, porque aparte a ellos se suma la guerra sucia que persiste a pesar de los llamados a pararla.
La invitación aquí es a gestionar personalmente la información necesaria para tomar la mejor decisión; contrastar fuentes, investigar, profundizar, reflexionar en conciencia y estar seguros de que nuestro voto es nuestro. Es complicado, hay que dedicarle tiempo, sí, pero creo que es lo menos que podemos hacer.

Columna publicada en El Informador el sábado 19 de mayo de 2018.

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