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sábado, 25 de abril de 2020

#CorreLaVoz

Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Desde hace tiempo, y lo he señalado en comentarios anteriores, el uso de las redes sociales como medios de comunicación directa que hacen algunos gobernantes (aquí y en el mundo) hoy en día me causa una gran inquietud y preocupación constante; sin duda alguna es un tema para reflexionar con profundidad y, en su momento —ojalá—, comunicólogos, sociólogos y antropólogos lo analicen porque se trata de un fenómeno global y progresivo no necesariamente positivo.
Tiene ventajas y desventajas, aunque en las actuales circunstancias de emergencia sanitaria mundial me parece que son más las segundas que las primeras, porque en una realidad que me resulta difícil de entender, el contexto de pandemia ha despertado, activado o fortalecido actitudes mezquinas, mesiánicas, absolutistas, represoras, ignorantes, amenazantes, esquizofrénicas, autoritarias, totalitarias y ridículas en varios actores políticos que, creo, no tienen parangón, mucho menos si ellos mismos se exponen de manera directa en Twitter o en Facebook o en YouTube o en las tres y en otras.
Lamentablemente, sus disparates y aberraciones, peligrosas incluso (léase Donald Trump), no quedan en el ámbito de las redes sociales a las que no acceden las mayorías en ningún caso, ni local, ni nacional ni internacional, sino que son reproducidas en medios de comunicación masiva que sí tienen un mayor alcance e impacto tanto positivo como negativo, ganan seguidores y detractores (división).
En este orden de ideas, reitero (he venido insistiendo en esto en las últimas semanas), a la sociedad nos toca hacernos cargo, procurar proveernos de información de calidad, discriminar, sopesar, valorar en su justa dimensión, no dejarnos atrapar por intentos manipuladores ni por el miedo o el terror ante la incertidumbre y las decisiones desafortunadas de algunos “líderes” políticos.
La tarea, por supuesto, no está para nada fácil porque, además, si tenemos cierta conciencia de esta realidad, pues nos toca también correr la voz con el ánimo de ayudar, de contribuir, de aportar, de proteger incluso, a los nuestros y a los más cercanos, en la medida de nuestras posibilidades y con una intención multiplicadora.


En Jalisco, para aterrizar en la realidad local, la actitud del gobernador Enrique Alfaro ha generado efectos perversos que mientras sean para él, es decir, que sus decisiones se le reviertan, pues allá él, en su futuro político (no futuro) lo hallará; lo preocupante está en su contribución indiscutible a la polarización preexistente. Tenía la mesa servida para alzarse como el gobernador que con inteligencia y auténtico amor por México supo leer los tiempos, la gravedad de la pandemia, y no sólo tomó las mejores decisiones para los jaliscienses, sino que influyó en la toma de mejores decisiones a nivel nacional. Pero no.
Optó por la confrontación, por pelearse con su sombra, y como la sombra no devuelve el golpe, enfocó ahora los ataques contra los mismos jaliscienses que han recibido un mensaje contradictorio de quien, ahora resulta, llegó a la titularidad del Ejecutivo porque “Dios” así lo quiso (textual: “Estaba en Casa Jalisco, en donde la gente me puso para ser gobernador; estaba en el lugar en que siempre soñé estar. Dios había decidido que me tocara estar al frente de esta crisis en mi Estado por alguna razón y entendí que no nos iba a dejar solos”).
Y como seguramente es una cuestión divina, pues no tuvo empacho en señalar con palabras altisonantes que no repetiré, a los jaliscienses que no se han quedado quietos y siguen saliendo a la calle. Con ese dicho, con esa ofensa, Alfaro pierde de vista a los miles de jaliscienses que necesitan salir a trabajar todos los días porque viven al día, porque no les queda de otra; y son los mismos jaliscienses que, por lo general, no tienen acceso a los mensajes directos del gobernador porque no usan redes sociales, porque están enfrascados en la resolución de las urgencias y las necesidades cotidianas.
Alfaro deja en evidencia que le falta conocimiento de la realidad del Estado cuyo destino le toca (por mandato popular, por favor, no de otro tipo) conducir y, ante tal nivel de ignorancia, es obvio que no puede mostrar la más mínima sensibilidad ante una verdad tan grande y sólida como una lápida, similar quizá, a la que terminará sepultando sus aspiraciones políticas, con todo y sus medios directos de comunicación.
La pandemia ha causado una crisis global, sanitaria sí, pero con implicaciones críticas también en materia económica, social, política, migratoria, diplomática... Es importante #CorrerLaVoz entre nosotros para, desde la sociedad, tomar decisiones prudentes, inteligentes, sensatas y prepararnos para lo que viene. La pandemia es real, no es una gripa, no es un invento, ya nos han anunciado que se acerca lo peor en México. No necesitamos pleitos ni bravuconerías, mucho menos ofensas: #NosNecesitamosJuntos #YoMeQuedoEnCasa.

Columna publicada en El Informador el sábado 25 de abril de 2020.

sábado, 2 de febrero de 2019

Malas noticias para Jalisco


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Cuenta la forma y cuenta el fondo. La manera en que operaron el gobernador del Estado, Enrique Alfaro y sus diputados de Movimiento Ciudadano encabezados por el verdaderamente impresentable Salvador Caro, más que preocupar, indigna y enciende un foco rojo tirando a negro: autoritarismo puro, falsas promesas, actitud marrullera y caprichosa, desdén por las causas ciudadanas y enfrentamiento con la sociedad civil organizada.
A menos de dos meses de que la administración pública estatal entrara en funciones, a las primeras de cambio, muy diferente a lo prometido en campaña, se ignora la voz experta, de luchas añejas, de mujeres valientes que han entregado sus vidas y talentos a favor de la igualdad de género.
La extinción del Instituto Jalisciense de las Mujeres por iniciativa del gobernador y operada por Salvador Caro y los demás emecistas más los legisladores del Verde, PRD y PT que votaron a favor, es una señal muy desalentadora; más que eso, es un mensaje de traición a compromisos y a causas.

Fotografía tomada de Partidero.
Desde antes de que tomara posesión Alfaro se había considerado y planteado la posibilidad de desaparecer al IJM y agregar a una nueva secretaría la agenda de género. Grupos defensores de derechos humanos y mujeres que son ejemplo de trabajo asertivo y afirmativo con logros documentados (en los que sin duda se incluía el IJM) advirtieron que esa iniciativa lejos de contribuir significaría un retroceso.
Argumentaron con criterio y sentido común que esa “fusión” en realidad restaría importancia al trabajo realizado en el IJM con todo y las dificultades de siempre generalmente marcadas por la falta de presupuesto; pero además, se les estaba agrupando con sectores vulnerables sí, pero minoritarios… y las mujeres representan más de la mitad de la población.
¿Para qué entonces montar un escenario de atención y escucha? ¿Qué la postura no era hacer política de manera diferente? ¿Marcar una clara distancia con respecto a los usos y costumbres de la clase política corrupta y marrullera que hemos tenido? El error me parece grave, muy grave y creo firmemente que no había necesidad porque además los grupos defensores de derechos humanos, con tiempo expresaron y argumentaron su desacuerdo. ¿Qué tal negociar, gestionar, ejercer oficio político, discutir, convencer, aducir? ¿Por qué, en lugar de eso, sorprender e imponer? La carrera política de alguien avanza veloz… en picada.
Son malas noticias no sólo para las mujeres sino para todos los jaliscienses, hombres y mujeres a merced ahora de decisiones arbitrarias, autoritarias, lejanas varios años luz de lo prometido y comprometido. Qué decepción tan grande.
Y parece que hacen la mancuerna perfecta ¿no? Me refiero a Alfaro y a Caro. Desde antes claro, pero ahora queda en evidencia de una manera burda; adiós a las esperanzas de contrapeso y equilibrio. Las “explicaciones” de Caro de por qué se adelantó la sesión y la votación de la iniciativa para desaparecer el IJM, la verdad que están para guardarlas en el archivo donde se almacenan las más grandes bajezas de la clase política mexicana; Caro hace gala de estulticia, carece de habilidades políticas, no sé qué hace ahí.
Me gustaría saber qué dicen y piensan las mujeres que trabajan con Alfaro, Margarita Sierra por ejemplo. ¿Y qué pasó con el voto a favor de Mara Robles y de las otras mujeres del MC? ¿Para qué sirve o quién podrá creer en la “bancada de mujeres” en el Congreso del Estado pomposamente armado en noviembre del año pasado con la idea de dar seguimiento a la agenda legislativa a favor de la igualdad de género y combatir la violencia? Claro, son ejemplo de cuando el activismo sólo sirve para llegar y alcanzar metas personales; de cuando las causas colectivas sólo sirvieron para trepar. Qué mal.
Ayer se publicó en medios que había una contradicción manifiesta en los colectivos, que pedían para México lo que rechazaban en Jalisco, pero no es así. Está claramente tergiversada la información. Para lo que no encuentro calificativos es la afirmación de Alfaro de que las “feministas inconformes” se aliaron con Morena, PRI y PAN para descalificar su propuesta cuando se había cuestionado desde el año pasado. ¿Así va a ser? ¿Cuándo algo no camine como él quiere entonces va a descalificar?
La actitud del gobernador Alfaro, la de Salvador Caro, las de las mujeres legisladoras que votaron a favor, las que guardaron silencio, el madruguete, el cierre de las puertas del Congreso a las activistas que querían manifestar su inconformidad e indignación, el desdén, las falsas promesas, el teatro, la simulación… todo eso es violencia.
¿Así va a ser? Si la respuesta es sí y no hay indicios de que se vaya a actuar de otra manera, apegada al sentir de la sociedad, sin engaños ni tretas mañosas, son malas noticias para Jalisco, muy, pero muy malas.

Columna publicada en El Informador el sábado 2 de febrero de 2019.

sábado, 19 de enero de 2019

¿Todo el sexenio?


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)


Durante el año que acaba de terminar las divisiones político-electorales se recrudecieron y se polarizaron básicamente en dos grandes bandos: anti-AMLO y anti-Anaya con un común denominador: ambos grupos eran (son) anti-PRI. No podría decir que las posiciones eran pro uno u otro porque en términos generales prevaleció la actitud de “estar en contra”, de oponerse, castigar y criticar al adversario y a sus seguidores, militantes y simpatizantes; o a un tercero.
Como normalmente sucede después de una elección, me refiero a que más o menos las aguas vuelven a su cauce; no ha sucedido en esta ocasión. El bando contrario al grupo ganador se mantiene en franca confrontación con quienes ahora son gobierno pero desde un nivel irracional y contestatario que no deja nada bueno para nadie ¿así será todo el sexenio?
A menos de un mes de que López Obrador rindiera protesta como Presidente de México circulaba en redes y en WhatsApp una larga lista de lo que, quien la hizo por supuesto, consideraba errores, malas decisiones, amenazas y contradicciones. Incluyó, por ejemplo, como parte de los desaciertos que enumeró, la frase “me canso ganso”. Y el nivel está por el estilo en esta y otras listas o comentarios que le dan la vuelta a las redes un día sí y otro también.
Además está la desinformación, la tergiversación deliberada de datos (hay mucha tela de donde cortar), las malas intenciones y la prevalencia de la ignorancia sobre la mayor parte de los temas que se están generando cotidianamente. Todo esto se integra en un coctel pernicioso que sólo profundiza las diferencias y sigue reduciendo a lo más bajo, la calidad del debate.
Esto tiene que cambiar. Es claro que libertad de expresión hay y ahora no se trata sólo de medios de comunicación tradicionales o periodistas; la tenemos como simples ciudadanos en medios masivos a través de internet; y la libertad de expresión es un derecho que es preciso saber ejercer, implica responsabilidades.
Me preocupa de verdad que si quienes se oponen a todo sin argumentos ni pruebas ni propuestas siguen así todo el sexenio, cuando desde la sociedad civil, la academia o cualquier otro ámbito se hagan planteamientos serios, enfocados en resolver problemas, en superar rezagos, no van a ser atendidos. Están propiciando la cerrazón de quienes ahora son gobierno, la descalificación automática y nadie, ni siquiera alguien que actúe con las mejores intenciones y propuestas, será escuchado. Esto es lo que provocarán más temprano que tarde y, de hecho, ya está sucediendo. ¿Es lo que queremos?
¿Qué pasaría si cerramos filas —insisto— en torno a las nuevas autoridades aquí en Jalisco y en el contexto nacional? Urge unión, urge elevar el nivel del debate como está planteando Rafael Barajas (“El Fisgón”) y, además de eso, de manera muy importante, generar conciencia con la idea de materializar un cambio que conduzca por fin, a que México aterrice en estadios superiores de desarrollo. Es un anhelo con más de 200 años y si acaso se ha logrado en ciertos momentos de nuestra corta historia como país, siempre ha sido efímero o ficticio o engañoso.
Es hora de trascender las diferencias, de trabajar todos por México. Es claro que hay fuerzas internas y externas que presionan contra una mejor realidad para los mexicanos; y es claro que logran manipular con éxito, sin embargo, una vez más apelo a la madurez de la sociedad mexicana, a su grandeza, a su hambre de paz y de progreso, a su nobleza, a su claridad de miras para exigir y aportar, a su disposición al trabajo y al esfuerzo, para dar los pasos que de tanto impedirnos dar, nos ha llevado a la parálisis y al egoísmo; eso es lo que hace la diferencia ahora, que hay manera de avanzar, por nosotros y por todos, empujando y jalando, caminando y corriendo cuando se pueda. Los pendientes y las tareas son urgentes y ya no hay tiempo para dedicárselo a cuestionamientos insulsos y sin sentido, criticar sí y cuestionar también, con argumentos y con la idea de mejorar rumbos y decisiones. Es posible.


Columna publicada en El Informador el 5 de enero de 2019.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Feliz Navidad


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Calma por favor. El día de hoy quiero invitar a los lectores a serenarse un poco, a tomar distancia, a respirar hondo. Sé que no le pasa a todo mundo, pero siento que a veces nos dejamos atrapar fácilmente por un acelere que a veces puede llevar a tomar decisiones apresuradas y, casi siempre, equivocadas o desafortunadas, de esas que luego implican que se reparen daños y se ofrezcan disculpas.
Siento esto en las calles, en los comercios, entre conductores y peatones; y en los ámbitos virtuales, no se diga, quizá hasta más virulento y agresivo. No es para menos eh, pero de todos modos creo que podemos hacer un esfuerzo por calmarnos y, desde una actitud más tranquila, empezar a caminar o reanudar la marcha.
¿Por qué digo que no es para menos? Los mexicanos de todos los sectores, niveles educativos, económicos y culturales, con mayor o menor conciencia social, con más o menos amor por México, hemos pasado desde hace varios años por sucesivos cambios que lejos de llevarnos a las esferas más altas del progreso, nos han condenado al retroceso, a las pérdidas, a la incertidumbre, a la insatisfacción.
Raymundo Riva Palacio pregunta ¿por qué estamos tan enojados? Y asegura que no hay respuesta. Es difícil, ciertamente, aquí un intento: somos víctimas de una andanada continua de agravios infringidos por la clase política; los saqueos al erario, la profundización de las desigualdades, las injusticias, la corrupción, el tráfico de influencias, las malas decisiones, la pérdida de decencia política, la ausencia o dilución de las ideologías; la crisis económica que no cede, al contrario, empeora, en fin, conocemos de sobra todas estas circunstancias y la mayoría son de la historia reciente. ¿Qué será? ¿Unos cuarenta años? ¿Cuántas generaciones de mexicanos han nacido en este periodo y no conocen otra realidad? ¿Será suficiente respuesta?
Y, encima de todo, cuando el electorado mexicano toma una decisión inédita, la división también se profundiza. Ahora, la “nueva” clase política no contribuye exactamente a que las cosas avancen o mejoren un poquito o que cambien ciertas percepciones. Han pasado 20 o 15 días desde que hay nuevo gobierno en la República mexicana y en Jalisco, la información se sucede, todos los días se anuncian programas o desfalcos o diferencias de todo tipo (entre diputados y senadores; entre gobiernos estatales y el federal; entre alcaldes).
La calma a la que apelo no sólo es porque estos son días especiales, de reencuentros gozosos y de disfrute familiar, de emociones, cercanía, amor, solidaridad, compasión y generosidad; ni es únicamente para estas fechas. Apelo a la calma, para empezar, de las nuevas autoridades. Pedro Kumamoto ha insistido en que se haga honor al ejercicio político auténtico, al que implica poner en primer lugar a la sociedad a la que se sirve y lleva a negociar para tomar las mejores decisiones; la política sin alteraciones, perversiones ni tergiversaciones. Política de diálogo, de discusiones sobre la mesa, con argumentos, con el interés y las ganas de que las cosas caminen. No he visto, hasta ahora, que esas “nuevas autoridades” hagan algo similar. Llevan agua a sus molinos mediante la confrontación y las bravuconadas, aunque digan que no son.
Pido calma también, porque no se me hacen tiempos ni circunstancias para lanzarse todos los días a anunciar programas y acciones que, ante tal abundancia, se traslapan unas con otras y no se llegan a conocer ni a valorar en su justa medida. El manejo mediático me parece desafortunado y contraproducente. Es un atiborramiento que impide que la información llegue de manera puntual a todos, sin malas interpretaciones, como está sucediendo.
Durante cinco meses, entre julio y diciembre, se generó muchísima información y, qué conveniente, el Ejecutivo federal lo permitió. Ahora que hay un nuevo Presidente todos los días hay “notas”, no sólo una, emitidas casi sin ton ni son a una sociedad dividida que toma lo bueno o lo malo o lo criticable o lo mal dicho, para agarrarse de ahí, profundizar las diferencias y aventurar juicios que se sueltan como si nada en redes sociales, se reproducen sin freno ni medida y despiertan más incertidumbre, causan más división: que si la Guardia nacional, que si el aeropuerto, que si el federalismo, que si el presupuesto, el terreno de 150 hectáreas, los despidos injustificados, el cierre de puertas a los burócratas el primer día del nuevo gobierno en Jalisco, las obras fallidas por chafas e inconclusas aquí también; el saqueo en Los Pinos, el salario mínimo, los jóvenes, el Poder Judicial, la marihuana… Calma de verdad. Lo digo en serio. Ojalá todo esto se asiente, tome su espacio y su ritmo y las cosas vayan caminando bien para todos. Por lo pronto: ¡Feliz Navidad!


Columna publicada en El Informador el sábado 22 de diciembre de 2018.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Acabar con la corrupción


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)


Una de las ideas reiteradas de Andrés Manuel López Obrador ha sido esta, la de acabar con la corrupción. Por casualidad, hace unos días, me encontré en mi propio archivo un audio del hoy Presidente de México pero de 2007, en el que se refería a la corrupción que ha imperado; ya con una búsqueda exprofeso, resulta que conservo otras grabaciones y textos de coberturas añejas, tanto de él como de Vicente Fox, Francisco Labastida, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, entre otras (hay una del cardenal Juan Sandoval Íñiguez), todas contra la corrupción o con promesas de combate.
Lo sabemos, el diagnóstico está hecho y es algo que vivimos y sufrimos cotidianamente como víctimas de corrupción o como actores de ese tipo de prácticas, todas relacionadas, a su vez, con la actuación u omisión de las autoridades.
Es difícil, muy, dudo que sea posible en un sexenio acabar con la corrupción y no creo que en el Poder Ejecutivo se ignore tal complejidad y todas las variables asociadas. Lo sabemos, pero además de que cada quien haga su parte tendría que haber una especie de reconocimiento de que no es posible, para no alimentar falsas expectativas (hay quienes lo creen) por un lado y, por otro, tampoco alimentar el discurso hasta burlesco de la oposición.
Por supuesto que la corrupción no es un asunto cultural en el sentido en que lo dijo alguna vez el expresidente Peña, dando a entender, incluso, que formaba parte de nuestra idiosincrasia. No concuerdo con eso, sin embargo, si hay antecedentes históricos muy antiguos que dan cuenta de estas prácticas, siempre en las esferas de poder y las burocracias.
En una investigación por demás interesante de cuatro historiadores publicada por el Instituto de Historia de Simancas de la Universidad de Valladolid, se narra cómo desde fines del siglo XV, cuando el surgimiento del imperio español, se dieron prácticas de corrupción  para hacer valer el “poderío real absoluto”, es decir, en términos actuales, la corrupción está estrechamente vinculada con gobiernos autoritarios (despóticos o absolutistas… son parientes). La siguiente cita es emblemática y significativa: “Si se define corrupción de forma general, como transgresión de normas por parte de agentes de vigilar el bien público en detrimento de este bien público, encontramos que ya desde la antigüedad existen normas que reglamentan el ejercicio de la función pública, ya sea por legislación civil, ya sea por normas éticas y religiosas […]. Lo esencial de estas normas se refiere a la imparcialidad de la justicia cuya violación se censura siempre”. Es pues, algo añejo.
En el mismo artículo académico se hace referencia a la maquinaria administrativa, a funcionarios y a gestión burocrática y términos por el estilo que confirman la relación de autoridades y/o gobernantes y sus respectivas burocracias, con la corrupción.
En  la medida en que las instituciones funcionen como deben, que no sea necesario para los burócratas pedir  ni para los ciudadanos ofrecer, que se resuelven los trámites en tiempo y forma, con la tardanza normal derivada de la demanda rutinaria, no tendría por qué haber prácticas corruptas; si además las cabezas son ejemplo de honestidad y cumplimiento del deber, las cosas se podrían facilitar y acelerar, pero sigo pensando que es difícil.
Hace unas semanas, en la Cumbre de Negocios que se celebró aquí en Guadalajara, uno de los ponentes fue Max Kaiser, encargado del área de Anticorrupción del Instituto Mexicano de la Competitividad. Él dijo lo siguiente. “La frase acabar con la corrupción está destinada al fracaso”. Y propuso, para empezar a combatirla con éxito, cuatro acciones muy claras: contener, controlar, reducir el impacto y hacerla más cara. En el caso de la primera, se trata de contener su expansión, es decir, que no cunda más; la segunda, el control, implica implementar mecanismos de vigilancia y de supervisar con lupa, por ejemplo, el sistema de contrataciones de servidores públicos; la reducción del impacto, dijo Kaiser, quiere decir reducir el número de casos y acortar hasta detener su permanencia y, finalmente, que sea más cara, es decir, que los castigos o sanciones por casos de corrupción sean verdaderamente inhibidores de caer en esas prácticas o de seguirlas ejerciendo, detenerlas cuanto antes. Por ejemplo, que pierdan sus empleos y la capacidad “de volver a hacer daño al Estado” además de quitarles lo que se llevaron.
Me parece imprescindible que el equipo de AMLO considere estas propuestas que no sólo son eso, sino que además incluyen método y estructura. Tendrían que aplicarse estas cuatro acciones de manera simultánea junto con la operación transparente y eficiente de las instituciones y el ejemplo. Sólo así se podría pensar en acabar con la corrupción, en empezar a acabar con la corrupción, mejor dicho.

Columna publicada en El Informador el sábado 15 de diciembre de 2018.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Adiós


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Estamos a una semana de que se termine el sexenio de Enrique Peña Nieto y es, con base en datos concretos y mediciones demotécnicas, el peor presidente que ha tenido México en su historia contemporánea; para la historia pero no para el orgullo, ni para el honor, ni para la gloria.
Fue un sexenio de imagen y ni siquiera bien conseguida. Y de simulación. A las primeras de cambio se dejó en claro que serían seis años en los que el Revolucionario Institucional retomaría sus costumbres y su modus operandi: autoritarismo, corrupción, nepotismo, cinismo, privilegios, prepotencia, en fin, lo que le conocemos a ese partido desde hace tantos años.
Esta realidad que desde el poder sistemáticamente se niega, se materializó en el voto multitudinario a favor de una opción política distinta. Esa manifestación popular de alrededor de 30 millones de mexicanos ha seguido expresándose de diversas maneras del mes de julio a la fecha, porque las malas decisiones, la información sobre más actos de corrupción y las declaraciones mentirosas sobre lo que en realidad ha sido el sexenio, han no sólo mantenido sino incrementado el coraje y el resentimiento contra el Ejecutivo federal aún en funciones.
Para las personas encuestadas por De Las Heras Demotecnia, 64 % no aprueba el trabajo realizado por Peña y en esa misma proporción contestaron que lo consideran un “mal presidente” más 12 % que respondió que fue “regular”.
A la pregunta “¿Qué tanto cumplió Enrique Peña Nieto con sus promesas de campaña?” 90 % respondió que cumplió algunas pero no todas (64) y que de plano no cumplió ninguna de sus promesas de campaña (26). Estos mismos mexicanos encuestados respondieron que la generación de empleos, la educación pública, el combate a la pobreza, la economía nacional y el combate a la inseguridad, empeoraron. ¿Los porcentajes? De 54 a 81 % de las respuestas para concluir que ninguno de esos aspectos mejoró realmente según la mayoría.
Esta percepción contrasta como de la noche al día con las declaraciones del propio Peña y aquí en Guadalajara, de que cumplió 97 % de sus compromisos y deja un mejor país, mejor que hace seis años.
Durante su sexenio hubo constantes incrementos pero en la delincuencia, en el número de personas desaparecidas, en el  número de muertos, mexicanos asesinados en un marco de violencia e inseguridad; feminicidios y otros hechos asociados con el crimen organizado por un lado, lo peor claro está; pero también aumentaron los hechos delictivos producto de la descomposición social, de resentimientos e insatisfacciones, desempleo o empleos abusivos y mal pagados, más las pésimas condiciones de salud y educación por ejemplo, pese a que a ambos rubros se destinan las mayores partidas presupuestales.
Aumento la desconfianza y la corrupción, la impunidad y las ineficiencias del Estado en general, desde la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa hasta la Casa Blanca y los casos relacionados con Odebrecht y la Estafa maestra. Se suman a este recuento, los casos recientemente dados a conocer sobre presunta corrupción y favoritismos para políticos o ¿será empresarios? que disfrutan de inversiones y sus ganancias en Valle de Guadalupe, muy visionarios claro.
Esto se acaba y es un gusto decirle adiós. Fue un sexenio, además, de atentados claros contra la libertad de expresión, y de la “desaparición” simbólica y real de comunicadores críticos; del gasto mil millonario en publicidad para dar una imagen de lo que no es en medios de comunicación y de esa desesperante conducta persistente de no reconocer los errores y corregir el rumbo.
Se acaba el sexenio de las reformas “estructurales” que no fueron tales y dejaron problemas en todos los ámbitos: energética con los precios más altos en gas y gasolina, no sé hasta cuándo dolerá el gasolinazo; educativa que implicó más bien cambios laborales en el magisterio, sin socialización y con la clara intención de manipular para quitar del camino maestros incómodos por ser críticos y opositores al sistema establecido; la fiscal que se dedica a ensañarse con los causantes cautivos y a reducir los ingresos de los trabajadores; y la laboral que extendió carta de legalización a esquemas de subcontratación  que afectan las prestaciones y los derechos de los trabajadores en general. Sólo desatinos y desastres. El peor sexenio en toda la historia del país si pensamos en función de sexenios ¿o el segundo peor? Para el caso, es lo mismo. Adiós.


Columna publicada en El Informador el sábado 24 de noviembre  de 2018.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Puntos


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)


La semana pasada manifesté aquí me desacuerdo con la consulta para definir el lugar del NAICM. Reitero: no me parece el mejor momento para profundizar divisiones entre la sociedad y enardecer ánimos que no estaban calmados, aparentemente, pero no. Tampoco porque, en realidad, y es el primer punto, el resultado de la consulta no es vinculante mucho menos cuando fue emprendida por un Gobierno electo y no en funciones, no todavía. Algo se pudo haber ideado desde el Legislativo y no se hizo, así que concuerdo más con quienes afirman que se trató de un ejercicio para medir fuerzas aunque, con todo y eso, me molesta, porque nos llevan al baile de muchas formas de un lado y del otro…. Y nos usan.
Esto ya sin considerar las deficiencias y todos los cuestionamientos para los que se dio motivo. Debieron cuidar en niveles extremos la organización y no fue así. Sobre el hecho de consultar (otro punto) sí estoy de acuerdo, pero que se haga bien. AMLO lo dijo en la Cumbre de Negocios que fue aquí en Guadalajara hace unas semanas y lo ha venido repitiendo: no temer a las consultas ciudadanas que es lo mismo que no tener miedo a la democracia participativa. Creo que debemos trascender hacia ese tipo de prácticas en México, efectivamente, con valentía, y asumir la responsabilidad como representantes populares desde el Presidente de la República hasta el más humilde de los ediles de este país.
En ese sentido, las consultas populares y los otros mecanismos de participación ciudadana (plebiscito y referéndum) deben perfeccionarse, delimitarse con cuidado y rigor en el marco legal correspondiente, socializarse de manera exhaustiva y funcionar no para medir fuerzas o para que alguien se salga con la suya, sino para escuchar realmente y tomar las mejores decisiones; bien hecho, creo que esto sí es posible y deseable en un país donde tradicionalmente se ha considerado a la sociedad en general como menor de edad, y ya no.
Ahora bien, me parece totalmente desproporcionada la reacción de quienes están contra AMLO, no puedo decir que contra el aeropuerto en Santa Lucía, porque se ha llegado a extremos que pintan un escenario de terror cuando, insisto, todavía falta para que la dicha cancelación se ejecute. Y en este desgarre de vestiduras y gritos destemplados, se están dejando de lado cosas que importan más, desde mi muy humilde punto de vista, porque se refieren al gobierno que está en funciones el que, por cierto, está muy cómodo mientras el gobierno electo da la nota todos los días.
Una de esas cosas (tercer punto) es la devaluación asociada a la decisión de hacer el aeropuerto en Santa Lucía y no en Texcoco ¿y la devaluación de 14 a 20 pesos durante la administración de Peña? ¿Alguien gritó o se desgarró las vestiduras?
Cuarto: ¿Y el amparo para Peña y su equipo para quedar a salvo de la justicia? Por si no se enteraron —siempre hay información que se va quedando rezagada— la Suprema Corte de Justicia de la Nación suspendió por tiempo indefinido las indagatorias y acciones legales contra el Presidente Peña y varios miembros de su gabinete que había iniciado el gobernador de Chihuahua, Javier Corral, “por su presunta implicación en el desvío de 250 millones de pesos destinados para el Estado y que fueron a parar a las campañas electorales del PRI en 2015”. Esto es grave, es la impunidad al más alto nivel.
Hay también una reacción desproporcionada con respecto a la posible, eventual, hipotética cancelación de una obra equis, cuando es lo que los sucesivos gobiernos de uno y de otro partido nos han aplicado toda la vida (quinto punto). Habría que hacer un recuento de elefantes blancos en el territorio nacional, monumentos a la corrupción, ineficiencia e ineptitud de la clase gobernante. Una treintena de hospitales (aquí en Guadalajara tuvimos uno por muchos años, donde ahora está el Nuevo Hospital Civil ¿se acuerdan?), la refinería de Calderón, tramos carreteros y de vías férreas, el tren México-Querétaro cancelado en esta misma administración por la presunta corrupción asociada al escándalo de la Casa Blanca que llevó a los empresarios chino a echarse para atrás ante la falta de transparencia y la ausencia de garantías legales.
En contraste con todo esto, (último punto) celebro la actitud de los empresarios jaliscienses que con toda oportunidad levantaron la mano para afirmar que aquí está el Aeropuerto Internacional Miguel Hidalgo para descargar al de la Ciudad de México en una propuesta que sólo retoman pero que es más pertinente que nunca.

Columna publicada en El Informador el sábado 3 de noviembre de 2018.

sábado, 28 de julio de 2018

Memoria


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Siempre he estado contra las ideas generalizadas que muchos aplican a todos los mexicanos. No creo, por ejemplo, que todos seamos transas, flojos, corruptos, desmemoriados, inconscientes o ignorantes; estoy convencida de que son los menos y de esos tipos no sólo hay en México.
Tampoco creo que baste un triunfo deportivo para que nos olvidemos de todos los agravios de la clase política. No lo creo y voy a insistir en ello hasta que nos creamos lo que verdaderamente somos: un pueblo inteligente, noble, trabajador, pacífico, ingenioso, creativo, alegre, solidario, compasivo, devoto, responsable, luchón, generoso, culto, sabio, con raíces, historia y valores.
De entre todos los defectos que nos achacan y nos creemos, al que quiero referirme hoy es el de la desmemoria. No estoy de acuerdo, sí tenemos memoria y hablo de los mexicanos de a pie como usted y como yo.
Me acuerdo, por ejemplo, de que hace muchos años, desde que tengo memoria periodística, líderes empresariales y académicos pugnaban siempre que podían porque se hiciera efectiva la descentralización. El tema era recurrentemente abordado también por historiadores porque se trata de un mal añejo en estas tierras: época prehispánica, colonia y actualidad.
Otro asunto de los preferidos de los partidos de oposición (aun como comparsas del sistema), de los mismos líderes empresariales y de la academia, era la necesidad de “adelgazar” el aparato burocrático… Recuerdo que se hicieron intentos, vanos todos, porque siempre aparecía el obstáculo de los sindicatos pero sobre todo, porque los políticos sabían bien que quien controlaba la burocracia fortalecía y consolidaba espacios de poder nada despreciables. Claro que esto sigue vigente.
En 2009, David Arellano Gault escribió: “La administración pública mexicana ha sido durante muchos años la principal arena de la lucha política, un importante espacio de representación social y el mecanismo o instrumento de poder más valioso y manejable del ejecutivo federal”. Así de sencillo (el artículo completo, muy interesante por cierto, está disponible aquí: "La burocracia mexicana...").
Los argumentos de los diferentes actores sociales para demandar al Gobierno federal medidas a favor de la descentralización y de la reducción del aparato burocrático se han sustentado en conceptos como eficiencia, productividad, sanidad administrativa, menos cotos de poder, reducción de espacios para el corporativismo, menores posibilidades de usar a la burocracia como carne de urna; reducción presupuestal enfocada en gasto corriente y, por ende, liberalización de recursos para gasto productivo; reducción de costos y duplicidades que repercutirían en beneficios para los sectores productivos por eficiencia, eficacia y productividad, menos horas hombre perdidas, menos corrupción, en fin.
De la mano con estos reclamos estaban los correspondientes a la reducción de los sueldos de la burocracia dorada, un asunto que se empezó a descomponer a partir del sexenio de Salinas y empeoró a niveles insostenibles con los panistas Fox y Calderón (aquí en Jalisco con González Márquez especialmente).

Fuente: AEI Noticias.
Y las posturas a favor de la descentralización se han centrado en desahogar a la Ciudad de México, antes Distrito Federal, de la carga poblacional, menos dinero en subsidios para los habitantes de la gran capital, lógica en la distribución de los recursos administrativos, eficiencia también, productividad, salud mental incluso...
Pues bueno, ahora resulta que ambas medidas, anunciadas desde la campaña y detalladas un poco más por el candidato presidencial ganador de las elecciones del 1 de julio pasado, Andrés Manuel López Obrador, y por algunos miembros de su equipo, están siendo duramente cuestionadas por quienes antes las exigían de manera airada. ¿De verdad no se acuerdan? ¿O de qué se trata?
Esto por un lado y, por otro, está el hecho de que AMLO todavía no toma posesión y se están haciendo reclamos en redes sociales como si sus anuncios fueran ley; hay quienes dicen que “empezó” con “tropezones” como califican a estas dos propuestas. ¿Empezó? ¿Qué no será hasta el uno de diciembre?
De verdad, el llamado aquí es a la claridad de miras y a hacer acopio, para tenerlo siempre a la mano, del amor que le tenemos a México y de las que fueron nuestras demandas y preocupaciones de tantas décadas de rezagos, corrupción y malos manejos, de negligencia y cotos de poder, de burocracia perezosa e ineficiente. Alguien viene y propone cambios largamente anhelados y se cuestionan y se combaten, con todo, y que sí tenemos memoria.

Columna publicada el sábado 28 de julio de 2018 en El Informador.


miércoles, 25 de julio de 2018

Expectativas


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Se podría pensar, como Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones de hace tres semanas de manera tan clara y contundente, que el futuro Presidente de México tiene un cheque en blanco con un capital político casi inconmensurable para hacer lo que quiera. Yo no lo creo.
No lo creo, ni por los mexicanos que todavía sienten terror porque ganó ni por los más de 30 millones de mexicanos que votaron por él. El voto masivo que se le otorgó no es ninguna garantía de que todo, absolutamente todo lo que diga o haga o proponga tendrá el respaldo popular, a menos que se trate de iniciativas sensatas, realistas, posibles y necesarias. Es decir, la relativa facilidad con la que podrá llevar adelante diferentes propuestas no implica que intentará locuras, no puede, no debe.
Las expectativas en torno a su gestión que empezará en cinco meses, poco menos, las tienen unos y otros y son altísimas, es decir, tanto los que votaron por él como los que no; y el paquete es enorme. No será fácil ni terso atender todos los pendientes y como nunca ningún mandatario en la historia de nuestro país, los ojos del pueblo de México y del mundo estarán (están, de hecho) sobre él sin pestañear para que cumpla sus compromisos y para que no se equivoque.
La lección de traición que nos aplicó Vicente Fox es todavía muy reciente (y además el propio Fox impide que se nos olvide con su intervención constante como si fuera youtuber en redes sociales y canales virtuales; debería retirarse, no sé quién le dijo que a alguien le importa lo que opine, hace más daño que nadie, en fin, pero este es otro tema) y, por lo tanto, duele mucho. Fox llegó casi por aclamación y no tanto por él sino porque significaba la única posibilidad de deshacernos del PRI y en este punto, sólo en este punto, hay coincidencia con AMLO. López Obrador sabe que Fox y los posteriores, en diferentes medidas y también los anteriores, han traicionado a los mexicanos; lo sabe y lo ha expresado: en su discurso del 1 de julio y antes, durante la campaña, ha reiterado dos afirmaciones, que si no cumple, así le costará de caro: “yo no les voy a fallar” y “no los voy a traicionar”.
Fuente: El Economista.
Sí, la traición ha sido una conducta recurrente en políticos de poca monta como Fox, una de las peores equivocaciones del electorado mexicano que no hizo sino votar de buena fe por quien se creyó nos sacaría del atraso y la corrupción que ha construido el PRI y con la que ha contaminado a la clase política gobernante de la denominación política que sea.
Yo creo que los mexicanos ya no aguantamos otra traición de esa magnitud. Las malas decisiones de los presidentes de los últimos años, de los setenta del siglo pasado a la fecha (podría decir, de Echeverría a nuestros días, incluyendo su desempeño como secretario de Gobernación con Díaz Ordaz), han llevado al país a los peores momentos de su historia y hemos llegado al máximo de violencia y corrupción. Insostenible ya.
No creo, que el entramado de porquería en el que están asentadas las administraciones públicas en general, en México (federal, estatales y municipales), se deshaga en este sexenio. Hay inercias, resistencias, intereses, mucho dinero involucrado, modus operandi y modus vivendi que sostienen a estructuras masivas… la violencia política inédita de estas elecciones son una muestra. No lo creo pues, pero lo que sí creo, es que en esta administración federal que está por empezar, por lo menos se darán los primeros pasos para una purga profunda, para una erradicación que restituya el tejido social y sanee las relaciones entre los mexicanos de todos los niveles, de todos los órdenes, de todos los tipos de educación y de ingreso y de origen.
Algo más dijo López Obrador el 1 de julio que alimenta las expectativas en torno a lo que será su actuación: “quiero pasar a la historia como un buen presidente”. Esta frase revela una intención nunca antes manifestada que deja en evidencia que la actitud del próximo Presidente, como tal, será diferente de cara a la sociedad, a los 130 millones de mexicanos que somos y que desde hace décadas esperamos justicia, claridad, honestidad, eficiencia en el ejercicio de gobierno; millones de mexicanos que merecemos una conducta proba, transparente, responsable, de amor a México. Las expectativas son muy altas y el tiempo es corto.

Columna publicada  en El Informador el sábado 21 de julio de 2018.

sábado, 30 de junio de 2018

Democracia joven


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Me llamó la atención que la presidenta del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Janine Otálora, dijera que la democracia en México es joven y que con las elecciones de mañana estará a prueba. Mi primer pensamiento fue de desacuerdo ¿no se supone que la democracia en México data de 1910 a la fecha? Y luego: ¿son jóvenes con respecto a qué o a cuál? ¿No se pone a prueba elección tras elección con muy bajas calificaciones hasta ahora, por cierto?
Sin embargo, reflexionando un poco en torno al dicho de la funcionaria, es cierto, nuestra democracia es joven y, en realidad, lo que hizo Otálora fue reconocer —de manera tácita—que las instituciones democráticas que nos hemos dado no habían sido tales sino a partir de la ciudadanización de los años noventa del siglo pasado, antes de eso, no es posible hablar de democracia a pesar de los trienios y sexenios de elecciones; en todo caso, no serían jóvenes y quedaríamos muy mal parados en materia de valores democráticos.
Entonces sí, es joven y ¿qué se puede deducir o interpretar de tal calificativo? ¿que es inmadura? ¿voluble? ¿vulnerable? ¿débil?
¿Y qué tal si cambiamos los adjetivos? Valdría la pena recurrir a las características positivas que se atribuyen a la juventud, así estaríamos hablando de una democracia vigorosa, dinámica, intensa, honesta, inteligente, creativa, alegre y fuerte.
La gran diferencia estriba, creo yo, en cómo la ejercemos los ciudadanos, en cómo practicamos la democracia. De la clase política ni hablar, sabemos de sobra y vivimos y sufrimos en carne propia su proclividad a la simulación, a practicar esa actitud recurrente de aparentar que todo es casi perfecto, que aquí no pasa nada; que los mexicanos criticamos por criticar y cuestiones por el estilo; que sí hay plena democracia aun cuando los ejemplos de un ejercicio autoritario del poder se han sucedido sexenio tras sexenio.



La diferencia la tenemos en nuestras manos; está en asumir o no nuestro poder como ciudadanos. En la medida en que sí lo hagamos, la democracia en México madurará y se consolidará elección tras elección y, por supuesto y con mayor razón, entre un proceso y otro porque cada vez se extiende más el convencimiento de que la democracia no empieza y termina el día de los comicios sino que es una condición permanente que durante procesos electorales se manifiesta sólo para la renovación de ejecutivos y legislativos, es todo.
Los niveles de abstencionismo en México por lo general son altos; siempre sube el porcentaje de votantes en elecciones presidenciales y baja en elecciones intermedias, es decir que la expectativa, sólo por este dato, es de que más mexicanos acudirán a las urnas el día de mañana. Cuenta también que son elecciones concurrentes y en los estados de la República en donde además se votará por gobernador y alcalde, la asistencia seguramente será mayor.
Aunque, más que por eso, que sucede cada seis años, creo que estas elecciones en particular son diferentes a cualesquiera otras y que, como nunca, saldrán los electores a ejercer su derecho y a cumplir con su obligación a lo largo y ancho de este bellísimo, maravilloso y extraordinario país.
Ya lo dirán las cifras en los próximos días, pero tengo la idea, muy firme, de que los procesos anteriores, con todo lo que hemos sabido y en los que muchos mexicanos han participado como la compraventa de votos o la manipulación vía mercadotecnia engañosa, han ejercido una influencia en sentido contrario a las intenciones y pretensiones de quienes han urdido tales estrategias deshonestas y marrulleras; y que los ciudadanos, la mayoría de los casi 90 millones de mexicanos que estamos en la lista nominal, votaremos seguros, confiados, con la certeza de que el voto es libre y secreto y de que no valdrá ningún intento que atente contra esta determinación.
Ni desidia, ni flojera estarán por encima; no será una tentación no acudir a la casilla; ni prevalecerán la apatía o el desinterés, al contrario; porque cada vez estamos más convencidos de que somos capaces, plenamente capaces de hacer la diferencia y hacer valer nuestro poder, sí, está en nuestras manos. Es lo menos que merecemos, lo menos que nos debemos.
Mañana es el gran día, nosotros podemos hacer que sea una jornada festiva y que a partir de nuestras acciones y decisiones en las urnas, la juventud que se le atribuye a la democracia mexicana lejos de ser un defecto sea una cualidad.

Columna publicada en El Informador el sábado 30 de junio de 2018.

lunes, 25 de junio de 2018

Con el que gane


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

La fecha de las elecciones se acerca y, dependiendo de la posición de cada quien, son muy diversos y cambiantes los estados de ánimo: hay tranquilidad y esperanza; hay miedo, mucho miedo en todos los puntos cardinales del espectro político (por si gana tal o por si no gana cual); preocupación, odio, alegría, incertidumbre… Muchos de estos sentimientos están asociados a un conocimiento claro de la situación por un lado; y, por otro, a una profunda ignorancia.
Sé que quien lea estas letras sabrá exactamente en cuál emoción encaja y cómo se ha sentido a lo largo de estos interminables meses de precampañas y campañas a lo largo y ancho del territorio nacional.
Muy probablemente, la exposición de los candidatos en debates (y me refiero a candidatos a la Presidencia, a las gubernaturas, alcaldías y puestos legislativos) no ha servido sino para confundir, no para tomar decisiones. No creo, reitero, que sean una buena herramienta sobre todo para quienes no saben a quién o quiénes elegir. Los formatos, aunque han mejorado, siguen siendo muy limitados, y a pesar de los cambios favorables los mismos candidatos los han echado a perder porque, uno: no contestan lo que se les pregunta; y, dos: los han usado para atacarse entre sí y denostar a los contrincantes, hablando en términos generales. Para cuando finalmente pueden o intentan expresar alguna propuesta, el tiempo ya se acabó.
Los debates se han convertido en espectáculos, más o menos entretenidos más o menos aburridos, y ahora sí que son parte del show y sí, se prestan más para el chacoteo que para el análisis, para eso, de verdad, ahí están en internet las plataformas y propuestas de los candidatos en sus respectivos partidos y en el INE.
Ahora, contrario a lo que podríamos pensar, el acceso a internet no es tan limitado. Los últimos estudios revelan que en México, de una población de 130 millones de habitantes ¡85 millones son usuarios de internet! Así que, hay maneras.
En fin, a lo que voy con esto de los sentimientos, las posturas y los efectos de los debates, es que, independientemente de quien gane (y de verdad espero que no tengamos que enfrentar fraudes ni compra masiva de votos) nuestras vidas seguirán adelante en este país que está en pie gracias a eso, a que somos un pueblo trabajador y noble; sin embargo, estoy convencida de que, en esta ocasión, gane quien gane la Presidencia de la República, las gubernaturas, las alcaldías y las curules los poderes legislativos federal y estatales, nuestra participación deberá ser mayor. Es la única manera de hacer que cambie la forma de hacer política en México.
Los candidatos independientes están iniciando un movimiento que llevará años consolidar para renovar el sistema político mexicano y se requiere de nuestro involucramiento en la medida de nuestras posibilidades para que sus ideas e iniciativas se afiancen, hay que cuidarlos y protegerlos con todo lo que esto implica; y muy probablemente los partidos políticos como los conocemos no desaparecerán a menos que fueran barridos por un meteorito; lo que puede pasar es que a fuerza de ser ejemplares y demostrar que sí se puede hacer política de otra manera de la mano con la sociedad a la que se representará auténticamente, a los institutos políticos tradicionales quizá no les quede más que resignarse a hacer las cosas bien.
En todo caso, en cualquier caso, sí depende de nosotros, de cada quien; de nuestro amor por México y por nuestros hijos, de nuestra determinación por ofrecerles un país mejor y trabajar por ello. Es posible. Se trata de vigilar, participar, hablar, marchar si es necesario, no quitar el dedo del renglón para que el estado de cosas en México cambie de fondo y con perspectiva de largo plazo. Nos toca, ya es hora.
Me parece ejemplar la actitud de un organismo empresarial, opositor acérrimo de uno de los candidatos, la Coparmex (Confederación Patronal de la República Mexicana): primero combate con todas las armas posibles; luego manda hacer una encuesta con una muestra 10 o 13 veces mayor que las muestras de las encuestas que han circulado durante todo el proceso y tercero: presenta una propuesta para plantearla al próximo Presidente de México, para la conformación de una fiscalía general independiente.
Aun cuando no estemos conformes con los resultados electorales, hay que sumar y aportar a los que ganen, porque, en principio, cualquier acción que emprendamos en ese sentido, no podrá sino reportarnos beneficios.

Columna publicada en El Informador el sábado 16 de junio de 2018.

sábado, 5 de mayo de 2018

Pobreza crónica


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)


Con todo y la manipulación que se ha hecho en los métodos para la medición de la pobreza en México, la cifra aumentó; de manera que ni por decreto estadístico fue posible para la actual administración pública federal reducir un indicador que es reflejo incuestionable del desastre que ha sido este sexenio en el que sólo empeoró la situación con respecto a administraciones anteriores desde hace lustros a la fecha.
Deliberadamente no digo desastre económico ni situación económica, porque la pobreza más mucho más allá de los ingresos de las familias. En México la pobreza es crónica y no se puede ocultar ni maquillar ni simular porque ha sido impulsada para que crezca, alimentada por el sistema para que permanezca porque de los mexicanos que viven en esas condiciones, la clase política en México siempre saca provecho.
En comentarios anteriores he abordado el tema y regreso a él, no sólo porque hay nuevos datos del Coneval (“entre 2008 y 2016 la pobreza aumentó en 3.9 millones de personas” para un total de 53.4 millones de mexicanos hace dos años: boletín), sino porque la pobreza en México se ha manejado desde hace años como cifras; se han cambiado las formas de medición para seguir sustentando la simulación y para evitar toma de conciencia y trabajo responsable pero no he sabido de nadie en el gobierno que asuma de manera integral el problema y lo enfrente para efectivamente atajarlo sin precisiones rebuscadas como decir hay menos mexicanos en pobreza extrema pero más en pobreza no extrema… Es pobreza, punto.
Regreso también, porque quienes formamos parte de la clase media (en singular, a pesar de que ya se inventaron subcategorías), enfrascados como estamos en trabajar, estudiar y sacar adelante a nuestras familias, con frecuencia no vemos o no queremos ver a los millones de mexicanos que viven en esas condiciones; y nos pasa de noche —sin que esto implique un juicio o una crítica, en lo absoluto— no se diga quienes están en las clases altas, que ser pobre es una problemática compleja y crónica que se viene arrastrando en México por décadas.
Los problemas asociados a la pobreza son muchos y diversos y a veces, dependiendo de los casos, resulta difícil saber qué fue primero: empleos precarios o desempleo a secas; sin acceso a la educación (el hecho de que dizque sea gratuita no garantiza que todos los mexicanos tengan un lugar en las aulas; además de la calidad… otra historia); sin servicios de salud; vivienda precaria, pisos de tierra, sin servicios como agua potable o recolección de basura o seguridad; adicciones varias; desnutrición crónica; hogares disfuncionales, familias desintegradas, violencia intrafamiliar, explotación infantil, embarazos no deseados, delincuencia, depresión, desesperanza, altos índices de enfermedad y muerte y resentimiento social profundo.
Definitivamente no queremos saber, es demasiado doloroso, pero la pobreza como condición con todos estos conflictos asociados, en nuestro país, es añeja, por lo tanto crónica y se hereda de generación en generación. ¿Se conocen acaso las consecuencias de la desnutrición crónica? Por lo general no, si acaso especialistas en la materia, activistas y defensores de derechos humanos, pero no es un asunto que por interés particular nos estemos desviviendo por investigar. Anexo aquí la liga de un informe de la UNICEF (publicación) para tener por lo menos esa conciencia y hacer lo que nos toque para atajarla, para exigir que los gobiernos cumplan en sus promesas de combate y que las cifras, sin manipulación alguna, efectivamente bajen; que la pobreza no sea un negocio para los más ricos y para los políticos sin escrúpulos que elección tras elección saben que tienen un grupo cautivo a quien comprar sus votos y que las grandes televisoras tampoco se aprovechen.
Un niño con desnutrición no dispone en su organismo de los nutrientes necesarios para la vida, para que su cuerpo funcione correctamente, su cerebro para empezar, sus huesos, sus articulaciones, su corazón. Y son niños que seguramente nacieron de mamás con desnutrición que llegaron a este mundo en las mismas condiciones. Son presa fácil de enfermedades y si acaso tienen acceso a la educación, el desempeño es deficiente por lo mismo.
La pobreza en México es de atención (debería ser) prioritaria y urgente, no sólo una realidad para comprar votos, para manipular y para justificar programas paliativos y no de erradicación. Y todavía se les juzga y muchos afirman que viven así porque quieren. Por favor. 

Columna publicada en El Informador el sábado 5 de mayo de 2018.

Crónica sincrónica

México: un tiempo nuevo     Laura Castro Golarte     El aguacero estaba a punto. Amenazó todo el día y los charcos en las esqu...