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sábado, 31 de agosto de 2019

Partidos, partidos


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)


Los partidos políticos son un tema recurrente en este espacio porque son o deberían ser el alma de cualquier sistema político que, con base en leyes, se defina democrático y porque son instituciones de interés públicos, según nuestra Constitución (Art. 41), encargadas de promover la participación del pueblo en la vida democrática; de contribuir a la integración de la representación nacional y permitir el acceso de los ciudadanos “al ejercicio del poder público”.
Por supuesto que para lograr estos objetivos deben disponer de recursos y la Carta magna también contempla que no les falte nada. Este año, al Instituto Nacional Electoral se le asignó un presupuesto, para su distribución entre los partidos políticos, de casi cinco mil millones de pesos; y con miras al año 2020 que no es electoral, se autorizó un incremento de 273 millones para un total de cinco mil 239 millones de pesos a repartir entre los partidos.
Falta el visto bueno del Legislativo y sin duda habrá ajustes. Está en la mesa de los debates la reducción drástica del financiamiento público. Es un asunto pendiente desde hace décadas y una de las demandas recurrentes de la sociedad. Están contemplados mil 700 millones de pesos para Morena (este partido anunció que planteará en la Cámara baja reducir el financiamiento a la mitad); 950 millones para el PAN; 896 millones de pesos para el PRI; 445 millones para el PRD y el resto repartido entre el Verde, Movimiento Ciudadano y el PT. Digo, no han ganado tantas elecciones como el primero pero no se puede decir que estén de capa caída con tales presupuestos, ni siquiera si los reducen en 50 %, cosa que dudo seriamente.
Eso reciben o recibirán los partidos en México, todo de nuestros impuestos, para su manutención y sus actividades sustantivas. Pues resulta que, hoy por hoy, de todos no se hace uno. Desde hace mucho, mucho tiempo, los partidos políticos han estado enfrascados en luchas intestinas que han desdibujado principios ideológicos, soslayado conductas éticas y desaparecido escrúpulos, de tal suerte que se enfocan en alcanzar el poder político a costa de lo que sea mientras pierden de vista descaradamente, la esencia de su razón de ser: la nación, México.
Si este fuera el enfoque, habría en México un partido en el poder responsable y comprometido, sin luchas internas como las que estamos viendo en el Legislativo; y una oposición sólida, contundente y exitosa en sus gestiones y cabildeos para llevar adelante las iniciativas y las políticas públicas que reclama hoy y con urgencia, nuestro país. No los veo así por ningún lado.
Este domingo se sabrá cómo se arreglaron los de Morena, y a ver si es un arreglo y no una imposición; sobre este conflicto el mismo Presidente ya se pronunció y aseguró que si el partido que lo llevó al poder “se echa a perder” él renunciará. Y don Esteban Garaiz en su columna semanal, escribió sobre el mismo instituto: “Si hay un lujo que, por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia, se puede dar el partido Morena, es replicar la absurda experiencia de un partido de tribus” (Milenio, 27.08.2019). Tal cual.
Ya sabemos, el poder desgasta, todos quieren ser protagonistas y bla bla bla. Pero no es el único así que asistimos, una vez más, a una representación recargada de la crisis en los partidos políticos en México. El PAN, en pleitos locales, elude su responsabilidad como oposición dizque comprometida pese a los casi mil millones de pesos que “administra” (es el segundo partido con más financiamiento público); el PRD, a ver qué pasa con ellos este fin de semana, hoy y mañana celebrarán su Congreso nacional pero las expectativas no son de una reunión armónica, es el partido de las tribus; y el PRI, bueno, qué se puede decir. Acaba de pasar por un proceso de elecciones internas y pese a los spots rimbombantes del nuevo dirigente, los daños internos son varios y profundos, tanto, que muchos vaticinan su desaparición. El día de las elecciones hubo denuncias de fraude y compra de votos (¡qué raro! ¿no?) y la adversaria que perdió optó por renunciar. Parafraseando a un diputado panista: “es lo bonito de los partidos”. Ajá.
Claro que todo eso no es buena noticia para los ciudadanos de a pie como usted y yo. Ninguno de los partidos se salva, de todos no se hace uno y por la conformación de nuestro sistema político, son, en verdad, un mal necesario. Finalmente, el mayor reflejo de la crisis es esta aberración de agrupación Futuro 21 (Futuro Jalisco ya pintó su raya) que está dando cabida a desplazados, damnificados, rezagados, resentidos y perdedores de varios partidos entre otros Gabriel Quadri del Verde, impresentable; los Chuchos de las tribus perredistas y el Dr. José Narro que se equivocó de partido, entre otros por el estilo. Así las cosas… partidos, partidos.

Columna publicada en El Informador el sábado 31 de agosto de 2019.


domingo, 19 de agosto de 2018

A nuestra consideración


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Sabemos que la democracia es el gobierno del pueblo, es el significado etimológico que ha trascendido desde la Grecia antigua hasta nuestros días. En torno a esta idea básica y de conocimiento generalizado, los gobiernos democráticos se construyen y destruyen, mejoran, empeoran y tienen altibajos. En torno a esta idea también el concepto se deforma, se tergiversa, se manipula, se usa… es pretexto, argumento, justificación y explicación de acciones y decisiones no necesariamente buenas o benéficas para el pueblo, de hecho, sucede casi siempre al contrario en todo el mundo, todos los días.
Desde los atenienses, a lo largo de los siglos, la democracia se ha interpretado y reinterpretado. Filósofos, humanistas, historiadores y pensadores han escrito tratados al respecto a favor y en contra; pero hasta ahora y esto en realidad es un lugar común, es el mejor sistema que se conoce, la humanidad no ha discurrido o inventado otro mejor.
Hace ocho años ya escribí “La democracia contra sí misma” que se publicó en esta mi casa editorial. Lo acabo de volver a leer y me sorprende cómo es que las cosas prácticamente no han cambiado (nota: para el título, que ahora encuentro en miles de resultados en una búsqueda simple en Google, me inspiré en el libro del ministro Jesús Gudiño Pelayo, El Estado contra sí mismo. Encontré un libro con ese título de Marcel Gauchet, publicado en 2004).
En 2010 escribí: “La democracia que se pondera en los discursos políticos no es tal, no es la que queremos, a la que aspiramos, no es la posible, mucho menos la ideal. A fuerza de corromper el concepto, la democracia de la que hablan los gobernantes en nuestro país se ha vuelto contra sí misma; es la mínima necesaria para mantener las cosas como están, para continuar con la simulación electoral y el dizque fortalecimiento de las instituciones responsables”.  
También escribí lo siguiente, insisto, hace ocho años: “Vidas y tiempo ha costado el proceso de democratización de la sociedad mexicana, de su sistema político, de su cultura; y ha generado desgaste, desazón, apatía, incertidumbre, desesperación y desesperanza; molestias e indignación pero también en muchos, muchos más de los que nos imaginamos, ha despertado el sentido de urgencia y una decisión férrea por participar contra viento y marea a favor de una transformación real y trascendente”. 
Y casi al final: “No hay sistemas políticos nuevos a la mano. Desde el lado “democrático” del orbe no se avizora una forma distinta de organizarnos para vivir bien, en paz y armonía. Y ante la insuficiencia de los Estados democráticos para dar estas respuestas a las “masas obedientes y apáticas” (Noam Chomsky, 1991) (agrego, ignorantes) es la democracia participativa un reclamo que cunde y que en algunos países es una realidad. Pero no es suficiente o ¿de qué sirve una iniciativa popular resultado del esfuerzo y la gestión ciudadana para que al llegar al Poder Legislativo sea desechada?”. Dejo aquí la liga como siempre por si encuentran interesante leer el artículo completo ("La democracia contra sí misma").
En esta ocasión volví a él porque desde tiempos inmemoriales, en México y el mundo, desde Grecia por supuesto, al pueblo, a las masas, a la sociedad en su conjunto, a los que hemos sido súbditos y ciudadanos en distintos momentos de la historia, a los que pagamos impuestos y votamos, desde el poder se nos considera menores de edad; el pueblo no sabe lo que quiere (Hegel, 1770-1831) y no sabe cómo hacer lo que necesita; en la nación que se considera como el máximo ejemplo de democracia en el mundo, se dejaron sentadas las bases en la constitución, para limitar la participación del pueblo, del vulgo, de las masas porque eso sólo conduciría al caos.

Fuente: ecoosfera.
Por primera vez en décadas, pese a la polémica que estas afirmaciones desatan, pese al riesgo de que no se cumplan, a pesar de que podría no ser práctico ni viable; y contra las posturas de que se deje al pueblo fuera de las decisiones públicas, en primer lugar escucho que la sociedad mexicana es madura y no debe seguir siendo calificada como “menor de edad” y, en segundo, que las propuestas e iniciativas de la próxima administración federal, serán sometidas a nuestra consideración, como está sucediendo, incluso antes de que el nuevo gobierno federal entre en funciones, con el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México. Con inteligencia y liderazgo esto puede funcionar, se trata de apelar a la sabiduría de los mexicanos y se trata de rescatar la esencia de un gobierno democrático.

Columna publicada en El Informador el sábado 18 de agosto de 2018.

sábado, 30 de junio de 2018

Democracia joven


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Me llamó la atención que la presidenta del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, Janine Otálora, dijera que la democracia en México es joven y que con las elecciones de mañana estará a prueba. Mi primer pensamiento fue de desacuerdo ¿no se supone que la democracia en México data de 1910 a la fecha? Y luego: ¿son jóvenes con respecto a qué o a cuál? ¿No se pone a prueba elección tras elección con muy bajas calificaciones hasta ahora, por cierto?
Sin embargo, reflexionando un poco en torno al dicho de la funcionaria, es cierto, nuestra democracia es joven y, en realidad, lo que hizo Otálora fue reconocer —de manera tácita—que las instituciones democráticas que nos hemos dado no habían sido tales sino a partir de la ciudadanización de los años noventa del siglo pasado, antes de eso, no es posible hablar de democracia a pesar de los trienios y sexenios de elecciones; en todo caso, no serían jóvenes y quedaríamos muy mal parados en materia de valores democráticos.
Entonces sí, es joven y ¿qué se puede deducir o interpretar de tal calificativo? ¿que es inmadura? ¿voluble? ¿vulnerable? ¿débil?
¿Y qué tal si cambiamos los adjetivos? Valdría la pena recurrir a las características positivas que se atribuyen a la juventud, así estaríamos hablando de una democracia vigorosa, dinámica, intensa, honesta, inteligente, creativa, alegre y fuerte.
La gran diferencia estriba, creo yo, en cómo la ejercemos los ciudadanos, en cómo practicamos la democracia. De la clase política ni hablar, sabemos de sobra y vivimos y sufrimos en carne propia su proclividad a la simulación, a practicar esa actitud recurrente de aparentar que todo es casi perfecto, que aquí no pasa nada; que los mexicanos criticamos por criticar y cuestiones por el estilo; que sí hay plena democracia aun cuando los ejemplos de un ejercicio autoritario del poder se han sucedido sexenio tras sexenio.



La diferencia la tenemos en nuestras manos; está en asumir o no nuestro poder como ciudadanos. En la medida en que sí lo hagamos, la democracia en México madurará y se consolidará elección tras elección y, por supuesto y con mayor razón, entre un proceso y otro porque cada vez se extiende más el convencimiento de que la democracia no empieza y termina el día de los comicios sino que es una condición permanente que durante procesos electorales se manifiesta sólo para la renovación de ejecutivos y legislativos, es todo.
Los niveles de abstencionismo en México por lo general son altos; siempre sube el porcentaje de votantes en elecciones presidenciales y baja en elecciones intermedias, es decir que la expectativa, sólo por este dato, es de que más mexicanos acudirán a las urnas el día de mañana. Cuenta también que son elecciones concurrentes y en los estados de la República en donde además se votará por gobernador y alcalde, la asistencia seguramente será mayor.
Aunque, más que por eso, que sucede cada seis años, creo que estas elecciones en particular son diferentes a cualesquiera otras y que, como nunca, saldrán los electores a ejercer su derecho y a cumplir con su obligación a lo largo y ancho de este bellísimo, maravilloso y extraordinario país.
Ya lo dirán las cifras en los próximos días, pero tengo la idea, muy firme, de que los procesos anteriores, con todo lo que hemos sabido y en los que muchos mexicanos han participado como la compraventa de votos o la manipulación vía mercadotecnia engañosa, han ejercido una influencia en sentido contrario a las intenciones y pretensiones de quienes han urdido tales estrategias deshonestas y marrulleras; y que los ciudadanos, la mayoría de los casi 90 millones de mexicanos que estamos en la lista nominal, votaremos seguros, confiados, con la certeza de que el voto es libre y secreto y de que no valdrá ningún intento que atente contra esta determinación.
Ni desidia, ni flojera estarán por encima; no será una tentación no acudir a la casilla; ni prevalecerán la apatía o el desinterés, al contrario; porque cada vez estamos más convencidos de que somos capaces, plenamente capaces de hacer la diferencia y hacer valer nuestro poder, sí, está en nuestras manos. Es lo menos que merecemos, lo menos que nos debemos.
Mañana es el gran día, nosotros podemos hacer que sea una jornada festiva y que a partir de nuestras acciones y decisiones en las urnas, la juventud que se le atribuye a la democracia mexicana lejos de ser un defecto sea una cualidad.

Columna publicada en El Informador el sábado 30 de junio de 2018.

domingo, 4 de marzo de 2018

Precariedad del proletariado


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Aprovechando que estamos en un tiempo inter campañas, neutral se supone, que nos puede permitir cierta tranquilidad y calma para dedicarnos a nuestras actividades cotidianas sin mayores interferencias ruidosas, quiero recomendarles que vean y escuchen con atención (tomen nota si es preciso) el documental Requiem for the American Dream (“Réquiem por el sueño americano”).
Es un documental que está libre en YouTube (como siempre, aquí comparto la liga: documental) y además se puede acceder a él a través de Netflix (plataforma streaming). Tampoco es reciente, quizá tenga un año ya en la web y en redes pero es de una actualidad indiscutible y, si me apuran, urgente.
Noam Chomsky, lingüista filósofo y activista estadounidense, severo crítico del capitalismo y sus perversiones, explica con lujo de detalles y sin conceptos rebuscados, los diez principios de la concentración del poder y de la riqueza en Estados Unidos. Claro que en cuanto esté atento al documental, encontrará sin dificultad todas las asociaciones y coincidencias que se pueda imaginar con respecto a la realidad que vivimos en México y, sin duda alguna, en otros países, pero México es lo que me importa y es siempre en el que pienso primero.

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Noam Chomsky. Foto: Ecoosfera.

Los diez principios son los siguientes, digo, la simple enumeración les sonará cercana, conocida: (1) reducir la democracia, (2) moldear la ideología, (3) rediseñar la economía, (4) desplazar la carga, (5) atacar la solidaridad, (6) dirigir las instituciones reguladoras, (7) manipular las elecciones, (8) mantener a la plebe bajo control, (9) fabricar el consentimiento y (10) marginar a la población. Si se tratara de una check list bastaría con poner palomita a todas.
Comentaré hoy sólo uno de los principios, el cuarto: desplazar la carga, porque resulta que está estrechamente vinculado con varios temas recientes que he manejado en este mismo espacio como la desigualdad y el nivel tan bajo y criminal de los salarios en México ¿de qué se trata? ¿A qué se refiere con eso de desplazar la carga? Bueno, pues a algún genio vinculado con el poder y la riqueza extrema se le ocurrió que los más ricos, que los capitalistas mayores, ya no pagaran tantos impuestos y que era mejor “desplazar la carga” hacia la población en general. En el documental, con datos de la Tax Foundation, del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y del área de investigación y servicio de análisis de impuestos del Congreso estadounidense, se muestra cómo los más ricos han dejado de pagar tantos impuestos y cómo, los menos ricos, básicamente la clase trabajadora cautiva, paga más impuestos. Los gravámenes que se han incrementado son al consumo y al salario, es decir, a la  mayor parte de la población. Para los poderosos esto tiene un nombre que ellos mismos, dice Noam Chomsky, han puesto de moda: Precariat o Precarious Proletariat, en otras palabras, la precariedad del proletariado.
Por supuesto que esto profundiza la desigualdad en el reparto de la riqueza, un discurso que, por cierto, ha estado ausente de la demagogia trillada de la clase política en México. Hace mucho que no escucho que algún gobernante prometa, se comprometa o por lo menos lo diga para simular, que sabemos que les encanta, que combatirá la desigualdad y tomará medidas para un-reparto-más-justo-de-la-riqueza.
En este concepto de la precariedad del proletariado ubico, entre otras realidades, el papel cada vez más marginal e inútil de los sindicatos; la consecuente nula defensa de los derechos de los trabajadores; el ascenso de las empresas de outsourcing (subcontratistas); los contratos de seis meses; adiós a la antigüedad en los empleos y adiós, en general, a otras prestaciones que eran por ley que garantizaban ciertas condiciones y cierto nivel de vida que no era tan precario como ahora.
Y la crisis económica es tal y está la situación tan grave y complicada para la clase trabajadora, que estamos llegando a un punto en que nos conformamos con este panorama porque de otra manera perderíamos nuestro trabajo. Para algunos filósofos contemporáneos se trata de aceptar o hasta propiciar una especie de auto explotación porque de otra manera, no tendríamos posibilidades de desempeñar una actividad, la que sea, que nos permita obtener los ingresos necesarios para vivir al día en el mejor de los escenarios, para sobrevivir, en el peor.
Reitero la invitación para que vea este documental y, por favor, corra la voz.

Columna publicada en el El Informador el sábado 17 de febrero de 2018.

Democracia + decepción


Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Esta operación es cada vez más recurrente. Y si es una suma, debe haber un resultado: ¿apatía?, ¿irresponsabilidad?, ¿resignación?, ¿frustración? Difícilmente se podría encontrar un resultado positivo de esta combinación de factores, en todo caso, tendría que cambiar el signo: Democracia = decepción… si nos remitimos a la manera en la que se practica la democracia en México y en casi todo el mundo desde hace varios lustros a la fecha.
Ahora ¿es la práctica de la democracia? ¿Es la descomposición de la clase gobernante? ¿La falta de participación ciudadana? ¿La corrupción que se extiende como plaga por el globo terráqueo? ¿Es la falla del sistema? ¿El agotamiento del modelo? ¿Qué es?
Recientemente se presentaron las conclusiones de un estudio de opinión pública sobre diversas percepciones en América Latina, básicamente desarrollo democrático, economía y sociedad. Se conoce como Latinobarómetro y hasta ahora goza de prestigio por la seriedad de sus encuestas y por la manera en la que se procesan y difunden los datos, aunque todo estudio, sea de quien sea, debe leerse y analizarse escrupulosamente; no están los tiempos para otorgar cheques en blanco sin ton ni son. Como siempre que hay acceso libre, dejo aquí la liga por si se desean leer el informe 2017 completo: Latinobarómetro
Pues bien, resulta que la mayoría de las personas entrevistadas (más de 20 mil de 18 países de América Latina) está decepcionada de la democracia; los autores del estudio describen esto como “el declive de la democracia en toda la región”. Y agregan: “La hemos llamado diabetes democrática, una enfermedad invisible, que no alarma (a) nadie pero carcome la vida lentamente”. Habría que añadir: para la que no hay cura.
¿Por qué será? Hay quienes interpretan este indicador como una incomprensible añoranza del pasado autoritario y dictatorial en la región, y ya. Personalmente creo que esa puede ser una posible interpretación, pero no la única ni necesariamente la correcta. Definitivamente algo está fallando y son significativos los indicadores que arroja este trabajo entre los que, por ejemplo, se alza Venezuela como el único país en donde creció de manera notable la preferencia de la población por la democracia como el mejor sistema de gobierno posible en contraste con los demás conocidos.
¿El peor resultado para esta misma pregunta? México. Es el país en el que de un año a otro se registró la baja más significativa con 10 puntos porcentuales. El apoyo a la democracia en México cayó de 48 a 38 % de 2016 a 2017 y es prácticamente el peor nivel alcanzado desde 1995 a la fecha, salvo por el resultado del año 2013 que se situó en 37 % de apoyo a la democracia como sistema de gobierno.
¿Se puede decir que en el caso de México hay nostalgia por la dictadura? No lo creo. El indicador revela, en cambio, que los gobiernos pseudo democráticos en nuestro país, alternancia incluida y toda la cosa, no están respondiendo a las expectativas de la población, expectativas, por cierto, generadas por la misma clase política y el sistema de partidos; y anuladas por los mismos gobernantes dada su inoperancia como ejecutivos titulares de las administraciones públicas ya sean federal, estatales o municipales; por la falta de responsabilidad y de liderazgo; por los altísimos niveles de corrupción y por el desdén, sintomático ya, de la clase política con respecto a las demandas y necesidades sociales.
La decepción con respecto a los gobiernos “democráticos” en México es mayúscula; o de la democracia según se entiende y práctica en nuestro país. Como ciudadanos, este es el gran desafío: es preciso sobreponernos y pese a nuestra mala percepción de la democracia aquí,  prepararnos para las elecciones que vienen.
Urgen cambios. Están a punto de terminar las precampañas, una farsa realmente; y en el periodo previo al inicio de las campañas, también habrá publicidad y propaganda electoral “neutra” según dicen y bueno, ya pronto veremos qué entienden por eso; es decir, no nos dejarán descansar de un espectáculo lamentable y deprimente.
Ya sabemos que la democracia no es perfecta y quizá nos falte comparar con otros países: España por ejemplo, en donde vivieron por más de 40 años bajo una dictadura que los lleva a apreciar la democracia casi como sea.
No se trata de conformarse con lo que sea, tampoco; es como si estuviéramos ya satisfechos porque experimentamos la “alternancia”. No. Hay que exigir mejor cada vez, un desempeño casi perfecto, lo merecemos.

Columna publicada en El Informador el sábado 10 de febrero de 2018.

domingo, 5 de junio de 2016

El sentido de las elecciones

Ciudad Adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Mañana es un día diferente para la mitad de los electores de este país porque se espera que salgan a votar en 13 entidades federativas por 12 gobernadores y servidores públicos para más de mil 400 cargos entre regidurías y diputaciones, incluyendo a los que serán los legisladores del Congreso constituyente de la Ciudad de México.
La historia de cada tres años se repite, puntualmente programada y diseñada, con algunos cambios, si acaso, una disminución (esto es progresivo) del nivel en las campañas de los candidatos y un aumento impresionante en los costos de los procesos que se duplicaron con respecto al multimillonario gasto de hace seis años, considerando que se trata de elecciones para gobernador. Este año, el Instituto Nacional Electoral dispuso de un presupuesto que no se termina de ejercer, falta la jornada electoral de mañana y otros gastos asociados, de ocho mil 520 millones de pesos.
Para las carencias que enfrentamos en México, urgentes todas, se trata de una cantidad estratosférica que, pese a la oposición de diferentes organizaciones de la sociedad civil y de la misma ciudadanía, lejos de reducirse en aras de la austeridad y de la atención de áreas prioritarias en México como el abatimiento de la pobreza, aumenta de manera exponencial y grotesca.
Ocho mil 520 millones para el sostenimiento de un aparato electoral con sus respectivas jornadas, que poco o nada abona a la democracia en México. Todo el tinglado político electoral, la parafernalia electorera, el discurso bofo de la fiesta cívica y de la participación ciudadana son la farsa que se reitera cada tres y cada seis años, sin un resultado que represente mejora o beneficio para los votantes.
Es increíble que un político polémico y ahora con mala fama comente y escriba que la democracia en México es incipiente y se atreva a identificar como los tres más grandes problemas en el país la corrupción, la impunidad y el crimen organizado. Y digo increíble no porque no tenga razón, sino porque mientras ocupó cargos en la Cámara de Diputados y en el Senado, lejos de hacer algo para combatirlos, muy lejos, se integró al sistema pervertido de la política mexicana con una armonía asombrosa. Ahora, desde la opulencia, cómodamente, critica lo que no fue capaz de por lo menos intentar resolver porque los intereses personales estaban primero.
Y del otro lado, un funcionario de primer nivel se atreve a decir y hasta con tono de escándalo, que estas elecciones han sido las más despiadadas, que los partidos se extralimitaron (claro que no menciona al que él pertenece, el mentor, maestro y guía de todos los demás), que él no entiende así la democracia… El día que cerraron las campañas el secretario habló en estos términos y deja en claro o que vive en otro país o que cree que todos los mexicanos somos estúpidos.
Una vez más, y no me cansaré de repetirlo, se vuelve a convocar a la ciudadanía a que acuda a las urnas, a una ciudadanía cada día más harta y cansada; más desalentada y apática, porque votar no sirve de nada; y si además se participa activamente de manera individual o colectiva, organizada o no, tampoco sirve de nada. Esto es lo que tiene que cambiar.
Las elecciones deberían servir para algo. Para que lleguen al poder mexicanos dispuestos a servir a la sociedad que los eligió, para resolver problemas, para impulsar estrategias efectivas y transparentes, para desempeñarse con honestidad y autenticidad, para corresponder al pueblo que paga impuestos y trabaja sin parar. Para ese pueblo que ya no es tan fácil engañar.
Deberían tener otro sentido, uno diferente al de simplemente mantener un sistema del que se sirven con la cuchara grande unos pocos privilegiados, sentados sobre la base de una burocracia ineficiente y conformista, abusada y abusiva.
Deberían servir para renovar cuadros, para que las nuevas generaciones de políticos diseñen políticas públicas que permanezcan vigentes, tanto como sea necesario, de manera que se avance en las áreas con mayores rezagos. Para dejar atrás los últimos lugares en educación y los primeros en corrupción. Tendrían que ganar las elecciones políticos que con sus conductas y decisiones propicien estos cambios. Sé que suena utópico, iluso, casi imposible, pero no podemos ni debemos dejar de pensarlo, de desearlo, de soñarlo, a fuerza de insistir tal vez, algún día…

Columna publicada en El Informador el sábado 4 de junio de 2016.


sábado, 12 de septiembre de 2015

Desgracia municipal

Ciudad adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

El gobierno municipal debería ser la forma más eficaz, eficiente y efectiva para validar el sistema democrático, para convencernos de que, con todo y sus defectos, es lo mejor para que las localidades y sus comunidades funcionen armónicamente y aspiren a una calidad de vida superior. Los ciudadanos del municipio eligen a sus representantes y pagan sus impuestos para que se garantice la dotación de servicios y, en general, para no entrar en cuestiones tan básicas, para que el Ayuntamiento cumpla las obligaciones que le marca la ley, siempre en beneficio de sus habitantes.
Debería ser así de simple, así de sencillo, sin embargo, desde la fundación del primer ayuntamiento en México, la administración de cada uno, ahora ya más de dos mil 445, es tan compleja que raya en lo barroco y churrigueresco, y es, por lo tanto ineficiente, deficiente e ineficaz y por lo mismo corrupta y negligente.
No hay personaje de la vida pública en México que llegue con buenas intenciones a ejercer como primer munícipe, que logre alcanzar sus objetivos 100 por ciento. Las redes de corrupción y de intereses partidistas y personales que se han ido tejiendo a lo largo de siglos, de décadas, difícilmente se van a destejer, aun cuando no es imposible. Para tres años que duran las administraciones, todavía, ni para qué molestarse, no vale la pena.
Así que se resignan (los bien intencionados, claro) a que deberán nadar de muertitos, navegar con bandera, hacer oídos sordos, dejar hacer, dejar pasar, que al cabo un trienio se va en un suspiro.
A esto hay que sumar la falta de recursos, las irregularidades en todas las áreas de la administración, los intereses y la corrupción, nada más para no ser exhaustiva, en mercados, estacionamientos y recolección de basura. Deficiencias en el cobro del predial, manipulación de cifras para castigar los dineros que llegan vía la Federación; y la ficción de la autonomía municipal, como lo es también la estatal en un sistema federal que no opera como debiera.
Centralismo, control, manipulación, corporativismo, línea, sometimiento, falta de voluntad y de carácter, lambisconería, son sólo algunos de los elementos que distinguen y marcan las relaciones entre munícipes y el Ejecutivo del Estado en el que se encuentran; no se diga cuando la negociación, la gestión o cabildeo deben hacerse en la capital del país con viáticos que se cubren con recursos del erario público.
Y luego está la mayor o menor complejidad de cada municipio dependiendo de su ubicación, número de habitantes, carencias, rezagos, partidos en el gobierno, alternancia, relación con los gobiernos federal y estatal si es que se trata de funcionarios provenientes de partidos distintos y hasta dependiendo del fuego amigo y su intensidad; porque pasa que aun cuando sean del mismo partido, el munícipe y el gobernador, el segundo no deja operar al primero porque no le da la gana en función de intereses de grupo, pero nunca, nunca, con relación a los gobernados.
Esta es una aproximación apenas superficial a la que es preciso agregar herencias perversas desde la Colonia, negligencia, claudicación, accidentes, catástrofes y calamidades diversas que empeoran las realidades.
Los dos mil 445 municipios que conforman este país, cómo células básicas de la organización política de una República federal, deberían ser el espacio más protegido y más cuidado en el concierto nacional, con la voluntad y los marcos legales necesarios que deberían proveer un Gobierno federal consciente y responsable; y uno estatal, igual, porque es ahí en donde, en principio, se gestan y desarrollan triunfos y derrotas electorales, manifestaciones, revoluciones, cambios; en donde se tejen los destinos de sus habitantes, en donde tiene lugar su vida cotidiana y se registran los índices más altos o más bajos de satisfacción.
Los últimos informes de los presidentes municipales de la zona metropolitana de Guadalajara que están a menos de un mes de dejar el cargo, son la muestra clara de que los ayuntamientos no son sino unidades burocráticas más que administrativas en las que se hace gala de mediocridad y/o corrupción y en las que pronto se abandonan las buenas intenciones (si es que algún día las hubo) porque el sistema, ese de redes que se ha ido tejiendo durante siglos, prácticamente ha desaparecido cualquier margen de maniobra a favor de la sociedad y los ediles terminan cruzados de brazos. Algo bueno han de haber hecho, pero no es suficiente, nunca será suficiente y los ciudadanos no tenemos por qué conformarnos.
Es una desgracia municipal, no tendría que ser así, a ver si los que pronto tomarán posesión logran romper el patrón y erradicar inercias, herencias perversas, negligencia y corrupción. A ver.

Columna publicada en El Informador el sábado 12 de septiembre de 2015.




lunes, 24 de agosto de 2015

Autoritarismo

Ciudad adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

¿Desde cuándo varias voces y en diferentes espacios hemos dicho que el autoritarismo es una realidad en México? En los años de la hegemonía priista antes de la alternancia del año 2000 no había dudas al respecto y bueno, esa conducta de la clase política era lo cotidiano. Ilusa e ingenuamente creímos que con el triunfo del PAN el autoritarismo se acabaría pero no fue así. Y luego dicen, algunos, que vivimos en plena democracia y que los consensos y no sé cuántos cuentos más.
Por supuesto que en el discurso, todos los políticos, de todos los partidos lo niegan rotundamente, sin embargo, la mímesis es tal que, por lo menos en dos casos ya, documentados ampliamente en Jalisco, se dejó de lado la simulación, no por desecharla de manera deliberada, sino porque el autoritarismo está tan arraigado en ellos, es algo tan profundo y tan marcado, tan consubstancial de sus personalidades, que es lo normal; y aun cuando sus actitudes son abiertamente autoritarias ellos no se percatan y hasta creen que están haciendo lo correcto.
Hoy iba a escribir sobre otro asunto, el teatro, farsa o vodevil corriente siempre de los partidos políticos en la dizque renovación de sus dirigencias, pero el tuit de Aristóteles Sandoval, gobernador de Jalisco, motivó el cambio inmediato de tema porque resulta que esa actitud autoritaria, que no es exclusiva de él, nos está causando un daño y un deterioro en el tejido social y en la relación entre gobernados y gobernantes, descomunal, no es nuevo, pero pese a las denuncias, quejas y manifestaciones, persiste y se recrudece.
La noticia es que, si acaso alguien creyó que habría cambios cuando el PRI regresara al poder, pues no, error rotundo. Y se actúa de esta manera como si nada.
¿Cuáles son los dos casos documentados en Jalisco? Emilio González Márquez sin duda alguna es uno de ellos cuando en aquella borrachera infame nos mentó la madre sin recato y hasta con el permiso del cardenal Juan Sandoval, a todos los que criticamos la famosísima macrolimosna.
La frase más autoritaria de aquella perorata del ex gobernador fue: “La gente votó por mí” infiriendo con esto, claro, que tenía una especie de cheque en blanco para hacer lo que le diera la gana sin esforzarse siquiera en la búsqueda de consensos mínimos, actitud contraria per se al autoritarismo.
Y ahora Aristóteles, con la mano en la cintura, escribe el siguiente tuit, inconcebible realmente, de escándalo si se supone que el sistema político en México es democrático: “Todos los jaliscienses tienen derecho a expresarse y manifestarse, pero ello no representa una medida de presión para el Ejecutivo”. Es cierto, así actúa la clase política, no debería ni sorprendernos, es lo normal para él y para tantos otros que se rigen bajo los mismos principios, tan claros que son una definición básica en el Diccionario Político de Norberto Bobbio:  En la tipología de los sistemas políticos se suele llamar autoritarios a los regímenes que privilegian el aspecto del mando y menosprecian de un modo más o menos radical el del consenso, concentrando el poder político en un hombre o en un solo órgano y restando valor a las instituciones representativas.
Lo curioso es que en este tipo de regímenes, la oposición por ejemplo, está reducida al mínimo y es perseguida, por lo general, cosa que no sucede en México, lo que es más, partido que llega al poder, partido que no puede frenar sus ímpetus autoritarios.
Hablo de dos casos en Jalisco, uno del PAN y otro del PRI; pero el autoritarismo, una de cuyas características es la censura, lo práctica este Presidente y lo hicieron los anteriores, de manera que la democracia que vivimos en México es sólo una ficción, un parapeto costosísimo.
La cuestión es que los regímenes autoritarios, aun cuando no encajen exactamente en la definición de Bobbio, despiertan a las sociedades. Ya llevamos mucho así, vamos a ver hasta cuándo, sobre todo ahora que alguien ya lo dijo abierta y públicamente; sí, quizá faltaba que se pronunciara con todas sus letras, que para los políticos los ciudadanos no somos importantes; ya sin una actitud hipócrita, a ver cómo se mueven las cosas. Digo, si es que esa fue la intención.

Columna publicada en el El Informador  el sábado 22 de agosto de 2015.

jueves, 27 de octubre de 2011

Gobierno de coalición

Ciudad Adentro

Laura Castro Golarte

En las últimas semanas ha adquirido relevancia el tema de un gobierno de coalición en México con miras al año 2012 y sobre la base de una realidad de parálisis legislativa. He estado leyendo diferentes análisis y opiniones al respecto y, la verdad sea dicha, no me parece solución a la crisis política que vivimos.
Entre los 46 firmantes del desplegado en donde se plantea el gobierno de coalición para el año entrante, hay personas que desde hace lustros se han dedicado al estudio del sistema político mexicano y que de manera permanente muestran y externan su preocupación por la situación nacional: la partidocracia, la inacción del Legislativo, la falta de acuerdos, la corrupción y la caída sistemática de indicadores antes con tendencias a la alza, entre otros. Sin embargo, reitero, no me parece que sea solución, sino más bien una medida desesperada.
Un gobierno de coalición en un sistema presidencialista como el nuestro implicaría, sólo en el caso de que el partido que gane la Presidencia no obtenga mayoría ni siquiera simple en el Congreso de la Unión, pactar con algún otro partido y compartir las responsabilidades del Ejecutivo, es decir, el Presidente de la República tendría que ceder algunos puestos de su gabinete a cambio de que sus iniciativas fueran aprobadas en el Legislativo.
El planteamiento podría prosperar porque para un gobierno con estas características no se necesita reforma electoral, pero en todo caso me parece una perversión. Me explico: supongamos que con base en los resultados electorales gana un partido la Presidencia pero sus legisladores sólo logran 40% de las curules en la Cámara baja, porque así fue la decisión de los electores; entonces, con sustento en un acuerdo previo, ese partido pacta con otro que logró 30% de la composición del Legislativo. Y resulta que el primer partido es de derecha y el segundo de izquierda o viceversa ¿en dónde queda la decisión soberana de la ciudadanía aun cuando sin gobierno de coalición el margen de maniobra para el Gobierno sería mínimo o casi nulo? ¿Y la ideología no cuenta?
Con nuestra realidad, con estos partidos que todo lo echan a perder y que de todas maneras pactan “en lo oscurito” cuando les conviene, no serviría de nada; a la hora de la hora ese recurso se agotaría y la clase política encontraría la manera de nulificarlo o, entonces sí, no quedaría ya ninguna duda de que son parte de lo mismo, de que se reparten el país y de que de todas maneras no hacen lo suficiente por el país al que se deben.
No creo que esta sea la forma ni la respuesta para salir del atraso en que nos encontramos. Se acaba de perder la gran oportunidad de hacer una reforma política y muchas otras oportunidades y espacios se han desperdiciado. ¿Qué nos garantiza que un gobierno de coalición no termine haciendo lo mismo?

Artículo publicado en El Informador el sábado 22 de octubre de 2011.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El otro Sócrates

Colaboración del Dr. Miguel Agustín Romero Morett, profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UdG, sobre "El otro Sócrates".
Buenas Noches Metrópoli (1)
Buenas Noches Metrópoli (2)
Jueves 1 de septiembre de 2011

jueves, 9 de junio de 2011

In crescendo

CIUDAD ADENTRO

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

La inconformidad ciudadana en México crece, y no se trata sólo de las quejas cotidianas por la mala actuación de la clase política sino de grupos con estructura que por diversas causas aglutinan a mexicanos que demandan justicia con respecto a hechos muy concretos y de diferente índole.
La lista es larga y en un escenario en el que la clase política descalifica y menosprecia estas expresiones, surgen grupos y personas cuya inconformidad es cercana a la irracionalidad y la anarquía.
En este contexto, a los gobernantes les resulta fácil, pero sobre todo conveniente, medir a todos con el mismo rasero y no atender de plano las demandas ciudadanas.
Así, lo que tenemos es una clase política que está inmersa en el proceso electoral de 2012, aun cuando todavía no empieza, mientras la sociedad civil, organizada o no, se desgañita exigiendo, proponiendo y denunciando hechos y situaciones que son una carga cotidiana que los gobiernos de todos los niveles y de todos los partidos no se ocupan en aligerar.
Administración tras administración, con alternancia y todo, los pendientes no se resuelven, como los legislativos: reformas política, laboral, energética, seguridad… Tampoco se ha hecho justicia, por ejemplo, con los damnificados del 22 de abril hace casi 20 años, ni con los que fueron torturados el 28 de mayo de 2004 en Guadalajara; ni con los niños muertos por el incendio en la Guardería ABC en Hermosillo hace dos años ya; ni con los deudos de los mineros muertos en Pasta de Conchos,; ni con los desplazados por la inseguridad y la violencia en estados como Tamaulipas, Chihuahua y Michoacán. Ni se ha resuelto la contaminación en el Río Santiago ni se detiene la tala excesiva y los daños en San Sebastián del Oeste o la amenaza contra un sitio sagrado de los huicholes en San Luis Potosí, porque el Gobierno federal autorizó la explotación minera…
Y mientras aumenta más de 16% el número de mexicanos que no puede comprar con su salario la canasta básica, el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, se regodea en decir a los cuatro vientos que los jaliscienses ganamos en promedio 42 mil pesos trimestrales y el secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, no duda en afirmar que México ya no es un país pobre y el presidente Felipe Calderón reitera que “vamos ganando” el combate contra el crimen organizado aunque la percepción social sea diametralmente opuesta.
Más mexicanos en Estados Unidos, más mexicanos endeudados, mal atendidos en el sector salud, mal educados en las escuelas públicas, sin empleo… Y también más mexicanos organizados que defienden derechos humanos, medio ambiente, que promueven cambios estructurales en el sistema político; más mexicanos que se indignan y no se quedan callados, que actúan por las ciudades, por la educación, por la justicia, por la seguridad con paz y dignidad; más mexicanos, cada vez más en un proceso que va in crescendo y que, estoy segura, así seguirá.

Artículo publicado en El Informador el sábado 4 de junio de 2011

domingo, 27 de marzo de 2011

Promesas

CIUDAD ADENTRO

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Entre las varias acepciones de la palabra “promesa” en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una reza: “Augurio, indicio o señal que hace esperar algún bien”; otra: “Ofrecimiento solemne, sin fórmula religiosa, pero equivalente al juramento, de cumplir bien los deberes de un cargo o función que va a ejercerse” y, una más: “… que no se confirma con voto o juramento”.
Hemos vivido esperando que la clase política cumpla la promesa de la democracia y, con ella, la de mejores condiciones de vida, un reparto más equitativo de la riqueza, igualdad, trato justo, cero privilegios y prebendas, el fin del tráfico de influencias y de la corrupción. Hemos esperado –y seguimos esperando— honestidad, transparencia, humildad, trabajo eficiente, abatimiento de rezagos…
Y campaña tras campaña, volvemos a escuchar el discurso sobado de que las propuestas, los dichos, los compromisos “no son y no serán sólo promesas”. Y una vez más oímos atentos, o no, que ahora sí, que son los buenos, que son diferentes a los demás, y que si les dispensamos el favor de nuestro voto, no nos arrepentiremos porque cumplirán como ninguno ha cumplido, y aseguran con énfasis y frases y expresiones melodramáticas, que darán respuesta a preguntas y necesidades añejas, que todas serán atendidas, que nadie se quedará sin ser escuchado; que los problemas serán resueltos y que viviremos todos mejor… casi casi, que estamos ante las mismísimas puertas del paraíso.
Y como la esperanza muere al último y como no hay más de dónde escoger, pues votamos por ese o por otro; o de plano decidimos ni siquiera presentarnos en las casillas; o acudir, sí, pero a anular la boleta para demostrar con eso cansancio, decepción, desesperanza, indignación e impotencia.
Y pasa una elección y pasa otra, y los escenarios no cambian, ni diálogos ni monólogos; no cambian las acciones del que finalmente llega al poder, ni se cumplen las promesas, no son todos escuchados y atendidos, ni, en suma, vivimos mejor… Al contrario.
Estamos a un paso (el tiempo se pasa volando) de encontrarnos inmersos por enésima ocasión en un proceso electoral que ya pinta color marrón por el lodazal en el que se disponen a batirse los contendientes. Todo indica que vamos para allá inexorablemente y que, si no nos preparamos y cuidamos, saldremos salpicados.
No podemos, no debemos permitir que la historia se repita; no podemos ya tolerar decisiones autoritarias, omisiones, negligencia, iniciativas y leyes pendientes; obras inconclusas y mal hechas; que la lista de promesas siga creciendo sin remedio. El poder es nuestro, nuestra palabra, nuestra voz, nuestras acciones y decisiones, nuestra determinación para poner un alto a la estulticia de la clase política, sea del color que sea.
De las tres acepciones citadas arriba, la de la clase política es la tercera (ahora entiendo) y la de la sociedad… la primera.

Artículo publicado en El Informador el sábado 26 de marzo de 2011.

sábado, 4 de diciembre de 2010

¿Qué clase de democracia tenemos?

Ciudad Adentro

Laura Castro Golarte (lauracastro05@gmail.com)

Hasta ahora, desde una visión occidental por supuesto, el sistema democrático es el mejor y no hay más, porque aparte tenemos a los autonombrados defensores de la democracia que con ese pretexto han invadido países e intervienen en políticas internas.

Y claro que esta situación y otras relativas a este sistema de gobierno han dado origen a estudios, libros, ensayos y demás disquisiciones. Así tenemos, por ejemplo, títulos como “El miedo a la democracia”, “La democracia agotada”, “¿Qué es la democracia?” y hasta “El romance de la democracia”.

Sobre la democracia en México hay también abundante material, investigaciones y sesudos análisis que, sin embargo, no me han servido para entender qué clase de democracia es la de nuestro país. La hemos adjetivado de muchas formas: democracia inacabada, naciente, incipiente, inmadura, incompleta, en transición… en fin, pero la verdad es que no la encuentro. Porque no se puede decir que somos democráticos solamente porque después de décadas celebramos comicios en los que la gente sale a votar y se respeta el sufragio. Después de la certeza inobjetable del año 2000, las elecciones posteriores, sobre todo en 2006, han dejado mares de dudas.

No la encuentro cuando nos enteramos de que los legisladores se ponen de acuerdo bajo la mesa luego de la suscripción de pactos que no tienen nada qué ver con los mexicanos a quienes representan; o en los estados, ejemplos como el de Jalisco son muestra de que la democracia está torcida. El caso que he citado varias veces es el de la reforma a la Ley de Presupuesto que esta semana, el gobernador del Estado simplemente decidió no publicar. La pregunta es ¿entonces para qué está el Poder Legislativo? ¿Qué es eso de que nuestro gobierno está dividido en tres poderes si de un plumazo el Ejecutivo anula al Legislativo y ambos intervienen de manera burda y abierta en el Judicial?

¿Entonces para qué los miles de millones de pesos que engordan los presupuestos de los órganos electorales cuyos consejeros, invariablemente, porque así están diseñadas las leyes, son elegidos por los partidos a través de sus diputados? ¿Para qué el rimbombante discurso que alienta el fortalecimiento de las instituciones? ¿Cuál representación popular? ¿En dónde está la defensa de los intereses ciudadanos que dicen encabezar alcaldes, gobernadores, el Presidente y todos los legisladores, locales y federales?

No encuentro la democracia en México, no en la actitud, ni en la conducta y, por ende, tampoco en las decisiones. ¿En dónde están las acciones democráticas, entendidas como incluyentes, generosas, solidarias y equitativas, transparentes y ciertas? ¿En dónde, si se inundarán tres municipios contra la voluntad de sus habitantes para construir una presa? ¿En dónde si en algo tan simple como el color de un puente la gente dice blanco y el gobierno dice negro?

Por favor, que alguien me explique.

Artículo publicado en El Informador el sábado 4 de diciembre de 2010.

sábado, 3 de julio de 2010

4 de julio

Ciudad adentro

LAURA CASTRO GOLARTE (lauracastro05@gmail.com)

Mañana habrá elecciones en 14 estados de la República y en 12 de ellas la votación será para elegir gobernador, además de munícipes y legisladores. El entorno es complicado y turbio, y a pesar de tratarse de elecciones locales, aun antes de iniciar los procesos en cada entidad, los impactos ya eran nacionales, no se diga ahora después del homicidio del candidato de la alianza Todo Tamaulipas, Rodolfo Torre Cantú.
Con este hecho, lamentable y reprobable, los procesos electorales en México se consolidan como el escenario en donde la clase política hace gala de su bajeza. Antes de que Torre Cantú fuera asesinado en una emboscada, la guerra sucia entre partidos adquirió niveles inimaginables cuando se suponía que después del año 2000 avanzaríamos en materia democrática y no sufriríamos el gravísimo retroceso que ahora padecemos y es fácil, tristemente fácil, atestiguar y verificar.
Mañana habrá elecciones en Tamaulipas, Oaxaca, Puebla, Veracruz, Zacatecas, Chihuahua, Durango, Aguascalientes, Hidalgo, Quintana Roo, Sinaloa, Tlaxcala, Chiapas y Baja California y el panorama para quien debería ser el actor principal, el electorado, no es alentador; las estimaciones en cuanto a los niveles de abstencionismo indican que serán altos; más altos que los esperados en elecciones para gobernador.
Hoy la guerra sucia en una contienda electoral que debería ser una fiesta, y la violencia en México, especialmente en Tamaulipas, una de las entidades junto con Chihuahua, en donde los índices delictivos superan las estadísticas incluso de países, han adquirido una dimensión desproporcionada y, hasta ahora, fuera de una convocatoria presidencial a las fuerzas políticas que no se ha concretado, no han merecido, de parte de la clase política, hacer un alto en el camino.
Si el año pasado los movimientos sociales a favor de la anulación del voto y del abstencionismo deliberado no fueron suficientes para sacudir a la clase política y ahora el asesinato de un candidato, tampoco lo es, no sé qué sí servirá para que los funcionarios en los tres órdenes de gobierno se den cuenta de que la sociedad no está de acuerdo con su actuación, de que rechaza cada vez más sus decisiones, de que el hartazgo y la decepción son generalizados, y la indignación y el malestar.
Deberían saber y atender con eficiencia y prontitud las más graves preocupaciones de los mexicanos: seguridad, salud y empleo; y dejar de lado cálculo electoral, beneficio inmediato, miopía y conductas mercenarias, pragmáticas y aberrantes.
No sé si hubiera sido mejor suspender las elecciones por lo menos en algunas entidades, se hablaba de cinco, de cualquier forma creo que los comicios no serán la fiesta democrática que deberían ser y creo que muy poca gente, menos de lo que imaginamos, acudirá a las urnas este 4 de julio. A ver si este dato, aunque lo dudo, se suma a las demás manifestaciones sociales y contribuye a que la clase política mexicana salga del atascadero en el que está.
Artículo publicado en El Informador el sábado 3 de julio de 2010.

domingo, 27 de junio de 2010

La democracia contra sí misma


Lo que llamamos democracia comienza a parecerse tristemente
al paño solemne que cubre el féretro donde ya está
descomponiéndose el cadáver. Reinventemos, pues,
la democracia, antes de que sea demasiado tarde.
José Saramago, 2009

LAURA CASTRO GOLARTE

Hace diez años apenas, los mexicanos creímos que la tan ansiada democracia había llegado para quedarse. Era el año 2000 y Vicente Fox, panista, se alzaba con el triunfo y terminaba con 70 años de autoritarismo priista.
La noticia corrió como reguero de pólvora en todo el mundo: México, el país de la dictadura perfecta --según Mario Vargas Llosa-- avanzaba en sus afanes democráticos después de varios intentos fallidos y de sucesivas reformas electorales.
Poco antes, luego de la ciudadanización del Instituto Federal Electoral en nombre de la democracia, las elecciones, sus resultados, empezaban a dar certeza a los votantes. Atrás quedaban los tiempos del fraude, la era de la democracia disfrazada.
Las diversas formas del fraude electoral (de una de ellas fui testigo presencial en 1988) habían pasado a la historia: urnas embarazadas, ratón loco, carrusel, padrón rasurado y, entre muchas otras –para asegurar que el PRI se mantuviera en el poder— todavía se tenía el recurso de hacer trampa cibernética o, simplemente, desconectar las computadoras (recuérdese la “caída del sistema”).
Ha pasado una década desde aquel día de furor democrático, pero aún están claras en la memoria las imágenes del féretro en el que se enterraría al PRI y su gobierno autoritario, transportado por cientos de manos en el Ángel de la Independencia durante el festejo apoteósico del 2 de julio en la Ciudad de México.
Hoy, en el año de las conmemoraciones por el Centenario del inicio de la Revolución y el Bicentenario del inicio de la Independencia, la realidad es otra y la percepción social también.
La democracia que se pondera en los discursos políticos no es tal, no es la que queremos, a la que aspiramos, no es la posible, mucho menos la ideal. A fuerza de corromper el concepto, la democracia de la que hablan los gobernantes en nuestro país se ha vuelto contra sí misma; es la mínima necesaria para mantener las cosas como están, para continuar con la simulación electoral y el dizque fortalecimiento de las instituciones responsables.
Es la democracia que les sirve para continuar con la careta de la defensa de los derechos humanos; una democracia raída y enferma mientras se enarbola la bandera virtual de la representación y, eso sí, se goza de los privilegios de la clase política.
Una democracia perfecta para ellos, que desde el poder ignoran los reclamos sociales y las propuestas ciudadanas; que desde sus curules archivan leyes que no les convienen… en nombre de la democracia.
Los legisladores en México son como aquellos de la Francia postrevolucionaria que convirtieron a la Asamblea de los Representantes del Pueblo en una dictadura.

¿Democracia?

Estamos a unos días de cumplir un año de las elecciones de julio de 2009. Un proceso electoral inédito por la fuerza de la sociedad organizada que logró convocar a miles de mexicanos a anular su voto o, de plano, a no votar, en un hecho que, creíamos, había llamado la atención y preocupado a la clase política, a los partidos. Nos equivocamos.
Y nos equivocamos tanto, que los procesos electorales locales que desembocarán en los comicios del 4 de julio próximo, han estado marcados por una intervención burda e inescrupulosa de las dirigencias nacionales de los partidos políticos (las repercusiones de las elecciones en los estados han dejado de ser estrictamente locales) y por la guerra sucia al más alto nivel con acusaciones desde todos los flancos incluido el Ejecutivo federal como blanco, actor y atacante.
Vidas y tiempo ha costado el proceso de democratización de la sociedad mexicana, de su sistema político, de su cultura; y ha generado desgaste, desazón, apatía, incertidumbre, desesperación y desesperanza; molestias e indignación pero también en muchos, muchos más de los que nos imaginamos, ha despertado el sentido de urgencia y una decisión férrea por participar contra viento y marea a favor de una transformación real y trascendente.
A lo largo de nuestra historia hemos pasado por sacrificios, invasiones, conquista, dominación, sometimiento y represión; imposiciones y manipulación; saqueo. Hemos experimentado el caos, la pérdida de territorio; hemos sufrido la guerra entre nosotros. Padecemos ahora el agotamiento de los recursos naturales y enfrentamos además otra guerra, de distinto orden, que no queremos, que se prolonga y nos amenaza como nación y como individuos… estamos a un paso de ser un Estado fallido (según la medición de la Fundación por la Paz y Foreign Policy, http://www.fundforpeace.org/web/).
Y de pronto, a pesar de los claros avances, del trabajo cotidiano de cientos de manos anónimas en nombre de la democracia, es fácil darse cuenta de que nuestras aspiraciones no son las convencionales simplemente si revisamos cómo es esa democracia en México.
Hace poco más de un año, a unos días de las elecciones del 5 de julio, preguntaba sobre la democracia y los cuestionamientos persisten, es decir, no ha cambiado nada aun cuando se discute una reforma política dizque alimentada por las demandas ciudadanas (“¿Democracia?”, El Informador, 20 de junio de 2009).
Entonces me refería a que a pesar de que los ciudadanos mexicanos votemos, realmente no decidimos quiénes serán nuestros gobernantes o nuestros legisladores. En los procesos preelectorales, cuando los partidos trabajan en la definición de sus candidatos, otras fuerzas, otros poderes, influyen en las decisiones finales. Fuerzas y poderes ajenos a la ciudadanía por supuesto.
Y pasada la jornada electoral, cuando los ganadores asumen sus puestos, al minuto siguiente del juramento frente a la Constitución dejan de representar, de hecho, al pueblo al que se deben, responden a intereses de partido y operan sólo en función del proceso electoral que sigue, sea local o federal.
Después del 5 de julio de 2009, con una “nueva” clase política en el Poder Legislativo, los mexicanos sabemos de negociaciones perversas, de acuerdos bajo el agua y alianzas incomprensibles… ¿esto es democracia? No lo creo.

Bandera

En México y en otras naciones incluso en las “desarrolladas”, cada vez más me convenzo de que para los gobernantes, para los legisladores, para los dirigentes de los partidos políticos y para los poderes fácticos, la democracia es sólo un pretexto que se oye bien pero es una palabra cuyo significado, reitero, ha sido desconocido, adulterado, prostituido, manoseado, manipulado, desgastado, carcomido.
No es la democracia o la aspiración a la democracia lo que mueve al mundo, no, aunque se eche por delante. La democracia se porta como estandarte al frente de un batallón cuyas causas son los intereses económicos y, en función de ello, se inician y prolongan guerras con miles de muertos y se toleran el narcotráfico, el comercio ilegal de armas y la trata de personas; el crimen organizado y la piratería transnacionales; la explotación irracional de los recursos naturales y las violaciones de los derechos humanos… la pobreza extrema y la drogadicción.
Bien dijo José Saramago en una entrevista para El Mundo (Madrid, 6 de diciembre de 1998): “Nosotros estamos asistiendo a lo que llamaría la muerte del ciudadano y, en su lugar, lo que tenemos y, cada vez más, es el cliente”.
El mundo occidental se jacta de ser democrático y se llega al extremo de intervenir, en nombre de la democracia, en los países que desde su punto de vista no lo son, con guerras o bloqueos económicos o “recomendaciones”. Y ahí está la postura de Samuel Huntington en “La tercera ola, la democratización a finales del siglo XX” (1991), en donde afirmaba (después escribió El choque de las civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial) que por la creciente expansión del catolicismo, la caída del muro de Berlín y la hegemonía estadounidense en el mundo se podía ser optimista ante el proceso de expansión mundial de la democracia, a pesar del obstáculo que significaba el islamismo.
Decía Huntington también que la tercera ola de la democracia era superior a la contraola autoritaria y con modelos matemáticos concluía que era mayor el número de naciones con regímenes democráticos porque habían dejado sus sistemas autoritarios.
No bastan los números ni los indicadores. Hay que vivir y saber cómo se ejercen las democracias de país a país.
Si la democracia fuera lo que dicen, si la palabra que tan fácilmente pronuncian y repiten encerrara un significado real y congruente con sus valores implícitos, si no hubiera conflictos armados y hambre en su nombre… la democracia participativa hoy no sería un reclamo y lo es, porque desde el poder, que se basta a sí mismo escudado con el parapeto de la sociedad, se pretende controlar todo y se controla todo, mientras mantiene a las masas “obedientes y apáticas” (El miedo a la democracia, Noam Chomsky, 1991).
La bandera de la democracia desde quienes se dicen sus defensores, está desgastada, la tela sucia y raída, mancillada, manchada, horadada.

La democracia contra sí misma

No hay sistemas políticos nuevos a la mano. Desde el lado “democrático” del orbe no se avizora una forma distinta de organizarnos para vivir bien, en paz y armonía. Y ante la insuficiencia de los Estados democráticos para dar estas respuestas a las “masas obedientes y apáticas” (agrego, ignorantes) es la democracia participativa un reclamo que cunde y que en algunos países es una realidad. Pero no es suficiente o ¿de qué sirve una iniciativa popular resultado del esfuerzo y la gestión ciudadana para que al llegar al Poder Legislativo sea desechada?
Cito de nuevo a José Saramago, el escritor y pensador portugués que dedicó buena parte de su obra a la humanidad y a la democracia. La cita que abre este artículo es contundente (Formación I y II, en El cuaderno de Saramago –blog— 25 y 26 de junio de 2009) y sus preocupaciones con respecto a la universidad y la democracia lo llevaron a escribir un libro con ese tema: “Democracia y universidad”, del que se da noticia en el blog El cuaderno de Saramago el 15 de junio de 2010, días antes de su fallecimiento.
El escritor portugués exige a las universidades asumir su papel en la formación de las nuevas generaciones: La universidad es el último tramo formativo en el que el estudiante se puede convertir, con plena conciencia, en ciudadano; es el lugar de debate, donde, por definición, el espíritu crítico tiene que florecer: un lugar de confrontación, no una isla donde el alumno desembarca para salir con un diploma.
No se trata sólo de instruir, sino de educar. Y, desde dentro, repercutir en la sociedad. Aprendizaje de la ciudadanía, eso es lo que creo sinceramente que falta. Porque, queramos o no, la democracia está enferma, gravemente enferma, y no es que yo lo diga, basta mirar el mundo...
(“Democracia y universidad”, 2010)
Ante un escenario de puertas cerradas y ventanas tapiadas, Saramago apela a las universidades aun cuando –y seguramente lo sabía—muchas de ellas en el mundo están en manos de mafias ilustradas que lejos de propiciar el aprendizaje de la ciudadanía, impulsan la alienación.
El margen de maniobra es escaso y, en este contexto, el panorama en México todavía más desalentador.
Este mal estado de salud de la democracia es, en gran medida, resultado de la descomposición mundial de la clase política, de su claudicación ante el poder económico. Noticias de corrupción de gobernantes, legisladores y políticos en general, nos llegan todos los días de diversas partes del mundo: Italia, Grecia, Gran Bretaña, España, Estados Unidos y México, entre muchos otros. Todos países democráticos ¿alguien lo duda?
Los embates contra la democracia no vienen de fuera. Es la democracia contra sí misma.

Artículo publicado en El Informador el domingo 27 de junio de 2010.

jueves, 8 de abril de 2010

sábado, 27 de junio de 2009

Reinventar la democracia

LAURA CASTRO GOLARTE

Acabo de leer dos textos de José Saramago, premio Nobel de Literatura, sobre la formación de los jóvenes en donde llama la atención a las universidades, a ver si quieren, a ver si pueden, contribuir a la reinvención de la democracia.
Los textos se pueden leer completos en su blog “El cuaderno de Saramago” (“Formación 1 y 2”) pero me impactó sobre todo una frase que aquí presento: “Lo que llamamos democracia comienza a parecerse tristemente al paño solemne que cubre el féretro donde ya está descomponiéndose el cadáver. Reinventemos, pues, la democracia, antes de que sea demasiado tarde”.
El escritor portugués, como en “Ensayo sobre la lucidez”, no se refiere a una ciudad o a un país. Queda claro que la descomposición de la democracia es mundial, y apela a las universidades para que cumplan su papel de frente a las nuevas generaciones; quizá a esta generación, a la nuestra, la da por perdida… pero no la esperanza.
Pero al escribir “reinventemos” se incluye como responsable y de manera tácita le concede lo que es para muchos un consenso: la forma de gobierno más viable.
Y dijo reinventar, no resucitar. Habría que agregar la ceremonia del entierro de lo que concebimos hasta hoy como democracia, por obra y gracia de una clase política que no ha hecho otra cosa que acabar con ella, desconocerla, adulterarla, prostituirla, manosearla, manipularla, desgastarla, carcomerla.
Sí, nos toca como sociedad emprender esa gran tarea de reinvención. Tenemos que ser capaces. Y por supuesto no tiene nada que ver con el ejercicio de votar elección tras elección. Es mucho más profundo y de más largo alcance.
Implica conciencia, pensamiento crítico, participación, actuación; implica no cerrar la boca ni cruzar los brazos. Responsabilidad, por supuesto.
En México estamos a una semana de las elecciones intermedias locales y federales; y el nivel de organización, discusión, interés, dudas, preguntas e inquietudes de la sociedad con respecto al hecho de votar, es una realidad alentadora que sí podría ser el origen de una transformación que, iniciada desde abajo, escale hasta permear al sistema.
En un principio, la iniciativa ciudadana para anular el voto fue ignorada, después vilipendiada, más tarde calificada de “respetable” y ahora (hasta ahora, pero no importa) reconocida.
Me atrevo a decir que, independientemente de las universidades como propone Saramago, la sociedad mexicana camina a pasos agigantados y trabaja afanosa en la reinvención de la democracia. Como siempre (y en gran medida gracias a la sordera y a la ceguera crónicas de la clase política) los habitantes de este maravilloso país recién reencontramos la ruta y ahí vamos.

Artículo publicado en El Informador el 27 de junio de 2009.

sábado, 20 de junio de 2009

¿Democracia?

LAURA CASTRO GOLARTE

Usamos tanto algunas palabras que se van desgastando, luyendo, royendo… Y de pronto, casi sin darnos cuenta, tenemos sólo pedazos traslúcidos que nos llevan a malinterpretarlas o, lo que es peor, a olvidar su verdadero significado.
El uso intensivo e irracional de esas palabras, su inclusión cotidiana en peroratas demagógicas y la práctica perversa de lo que implican, por ejemplo, la democracia y la política, generan una actitud generalizada de molestia y rechazo. Es un no querer saber nada que “huela a política” a fuerza de presenciar el espectáculo –y malo— que nos ofrecen todos los días quienes la ejercen.
¿Y democracia? El sistema político en nuestro país es todo menos democrático, si nos apegamos al significado preciso y si estamos de acuerdo en que sus valores van más allá de la elección de nuestros gobernantes, con todo y que esa parte también es cuestionable porque son los partidos los que definen a los candidatos y con frecuencia no hay identificación con los electores.
Es complejo. Sin embargo, urge que reaprendamos el concepto de democracia, por lo pronto, y lo hagamos valer. Hay que volver a la etimología, demos: pueblo; krátos: gobierno. Tan simple como eso y tan sencillo como entender, considerando la evolución de la idea, que la soberanía popular delega su poder supremo a los representantes que el mismo pueblo define. Esto no pasa en México y, lo que es más, estamos muy lejos de encaminarnos hacia allá, si convenimos en que es la mejor forma de gobierno, con todo y sus imperfecciones.
No porque los ciudadanos mexicanos votemos, estamos decidiendo quiénes serán nuestros gobernantes en el Ejecutivo y en el Legislativo; antes, en los procesos de selección de candidatos, otros poderes ejercen influencia (líderes religiosos, caciques locales, televisoras, cúpulas empresariales). Y después, cuando los ganadores de las elecciones toman posesión de sus cargos, no representan al pueblo al que se deben. Este es, hoy por hoy, nuestro gran problema en México y por eso las voces que claman por una democracia participativa, es decir, aquella en donde los ciudadanos intervienen directamente en la toma de ciertas decisiones mediante consulta popular o plebiscito.
Aunque hay intentos, nada al respecto ha cuajado en nuestro país porque quienes se autonombran nuestros representantes no quieren hacerlo.
Y en este entorno, con esta realidad, los críticos de movimientos para anular el voto e incluso, para no votar, sobre la base de que son atentados contra la democracia, no hacen sino avivar la indignación y nos permiten comprobar que para ellos, casi todos miembros distinguidos de nuestra clase política, la democracia no existe.

Artículo publicado en El Informador el 20 de junio de 2009.

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